Afganistán, la Unión Europea y el fantasma de la crisis migratoria

OPINIÓN. Hace seis años, la UE cayó en disputas internas y movidas de poder entre sus miembros cuando intentó procesar a aproximadamente un millón de personas en búsqueda de asilo que huían de la guerra en Siria. Ahora, la perspectiva de un aumento del flujo de migrantes afganos paraliza al bloque.


La reciente toma de poder por parte de los talibanes en Afganistán no tardó en traer repercusiones a lo largo del mundo entero, y Europa no ha sido una excepción. A la par de sacudir la ya vapuleada – y no del todo recuperada- relación con Estados Unidos, debido a la negativa de Washington de planear su retirada en conjunto con sus aliados en la OTAN, se agrega una complicación de elaboración europea: el miedo a una nueva ‘crisis de refugiados’, como la experimentada en 2015.

Hace seis años, la UE cayó en disputas internas y movidas de poder entre sus miembros cuando intentó procesar a aproximadamente un millón de personas en búsqueda de asilo que huían de la guerra en Siria. Ahora, la perspectiva de un aumento del flujo de migrantes afganos (flujo ya existente desde comienzos de los 2000) ha enfrentado a la UE y a sus gobiernos con el hecho de que la cuestión inmigratoria nunca fue definitivamente zanjada, y los intentos dispares para afrontar la situación no harán más que minar la posición internacional del bloque.

A medida que se hacían públicas las imágenes de afganos intentando huir del país a medida que los talibanes entraban en Kabul, la capital, figuras centrales de la política europea ya podían verse traduciendo el tema de la caída del gobierno afgano en uno sobre la inmigración en Europa. “Deportar mientras sea posible”, declaró el ministro del Interior austríaco Karl Nehammer al periódico Kleine Zeitung, pero no está solo: el candidato a sucesor de Angela Merkel, Armin Laschet, agregó que “lo sucedido en 2015 no debe repetirse”; de manera similar, el presidente francés Emmanuel Macron también decidió enfocarse en cómo anticipar y proteger Europa ante flujos de inmigración irregular masiva en su primer discurso luego de la caída de Kabul.

Pareciera, pues, que la Unión Europea (por lo menos en el nivel de sus gobiernos nacionales) decidió que lo que más le preocupa de la toma de poder por parte de los talibanes es cómo enfrentar, devolver e impedir que lleguen inmigrantes afganos al bloque regional. Un giro importante de lo que era el discurso durante la crisis del 2015, cuando la narrativa dominante era de un marcado humanitarismo y la postura aislacionista era una aberración nacionalista del líder húngaro Viktor Orbán. Un giro de 180 grados, de hecho.

Más allá de hecho de que la mayoría de países europeos tendrán que enfrentar la elección entre aprender a manejar flujos migratorios a gran escala, por un lado, o abrazar la decadencia económica que una población envejecida combinada con migración restrictiva conlleva en el mediano plazo, es innegable que esta percepción del tema no hará más sumar otro problema a la integración europea a la vez que mina su posición como actor internacional. El hecho de que la mayoría de los migrantes permanecen en países vecinos a los de origen, y que los que llegan a Europa no parecen conllevar ningún efecto negativo, suma a la incredulidad que genera la victimización de la UE ante el tema.

Esta posición se puede rastrear al ascenso de las ‘nuevas derechas’ en todo el continente, pero también al marcado cambio en la agenda internacional que ha visto retroceder a las temáticas de integración o globalización económica ante la renovada importancia de la geopolítica y al reafirmación de las fronteras estatales. Paradójicamente, esto se traducirá en una merma de la capacidad de la UE como actor geopolítico.

Al emerger de las dinámicas políticas europeas la percepción de la migración como amenaza, por más contrafáctico que sea, el hecho es que  la UE se hace vulnerable a la distinta gobernanza de estos flujos de personas. Ahora bien, esto no tendría que ser necesariamente un problema, si no fuera porque en el manejo de estos flujos juegan un  rol importante países que a lo largo del último tiempo se han perfilado como antagonistas (o por lo menos con una relación conflictiva) con la Unión Europea.

Ya en 2015, Turquía tomó ventaja de su posición como país de tránsito de los migrantes sirios que deseaban llegar a Europa, haciendo la vista gorda ante la proliferación de negocios ilegales de traslado de migrantes a través del Mar Egeo hacia Grecia cuando negociaciones con sus contrapartes europeas no llegaban a las posiciones deseadas. Más recientemente, Marruecos realizó una técnica similar, dejando de impedir el paso de migrantes que abrumaron a las autoridades migratorias españolas en Ceuta, vinculado a las pretensiones marroquíes sobre el Sahara Occidental y al actitud europea ante la cuestión.

Estas situaciones no son exclusivas de los países con costas en el mediterráneo: en las últimas semanas, el país báltico Lituania pidió asistencia al bloque regional ante un aumento de inmigrantes que llegaron vía Bielorrusia, país cuyo dictador, Lukashenko, no está gozando de las mejores relaciones con la UE luego de los incidentes del año pasado.

La normalización de la perspectiva de los flujos migratorios como amenaza existencial para Europa, no hace más que debilitar la habilidad de la Unión Europea para actuar decisivamente ante la caída del gobierno en Afganistán,c errándose en sí misma y abandonando una oportunidad para desenvolverse en el escenario mundial. De persistir esta situación, no sólo se está ante una marcada deficiencia en la integración de Europa hacia adentro, sino para actuar hacia afuera, incluso en su vecindario más inmediato. Podría tratarse, de seguir este camino, de la admisión de un lugar secundario en la política internacional. Inversamente, de resolverse este dilema, podría tratarse de una nueva oportunidad para remarcar la importancia internacional de la UE.


Sobre el autor

Agustín Fernández Righi es Licenciado en Relaciones Internacionales (UES21) y miembro del CEPI-UBA

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