Rodríguez Alzueta: "A través del 'enemigo', los vecinos reproducen desigualdades sociales"

En diálogo con EPD, el abogado e investigador, autor del libro "Vecinocracia", explica de qué se trata "el gobierno de los vecinos en alerta". La estrecha relación del macrismo con este fenómeno y la importancia de poner al "ciudadano" en el centro del espacio público.


"La incapacidad de percibir al otro se expande cuando cunde el pánico. La ansiedad se confunde con la inseguridad. Si salimos a la calle debemos deambular por entornos seguros, con gente que viste más o menos la misma ropa... El egoísmo o interés propio se perpetúa a través de la autoconservación de los pusilámines urbanautas", cuestiona el abogado, investigador y docente, Esteban Rodríguez Alzueta, en uno de los primeros párrrafos de su libro "Vecinocracia".

En diálogo con El País Digital, explica de qué se trata este fenómeno que él caracteriza como "el gobierno de los vecinos en alerta". El rol de los grandes medios en su consolidación y la estrecha relación que tiene el macrismo con esta experiencia "antipolítica".

"La producción de enemigos se ha vuelto fundamental, no sólo para los actuales funcionarios sino para la vecinocracia. A través del enemigo, de las políticas de enemistad, los vecinos no solo quieren reponer límites, sino reproducir las desigualdades sociales", advierte.

¿Qué es la Vecinocracia y cuándo surge?

La vecinocracia es el gobierno de los vecinos alertas, es decir, de aquellos individuos que solo están dispuestos a resignar su zona de confort para ganar mayor seguridad, que solo están ambicionarán ocupar el espacio público para pedir más policías, más luces led, más cámaras de videovigilancia. Hay un reproche antidemocrático en estos reclamos: porque son vecinos que pagan los impuestos y no tendrían que estar haciendo lo que están haciendo en ese momento si los funcionarios hicieran lo que tienen que hacer. Pero si los políticos son todos corruptos, entonces hay que salir a la calle para seguir cascoteando a la política. El objeto de sus reclamos es la política, desautorizan la política. Los vecinos se llevan puesta la política cuando clausuran las discusiones. Porque los reclamos de los vecinos están hechos de urgencias que implican sortear los debates, están hechos de demandas que hay que tramitar de manera veloz: “¡Queremos seguridad ya!”

La vecinocracia es una categoría con historia en Argentina. La encontramos en los vecinos contribuyentes del siglo XIX, en el fomentismo peticionante de los inmigrantes de principios de siglo XX, en el vecinalismo fomentista levantado por todas las dictaduras militares después del 56, en los partidos vecinales que surgieron con la vuelta en la democracia en el 83. La última parada llega con el aumento de la sensación de inseguridad en la década de los 90 y el giro punitivo, es decir, con la aparición del vigilantismo vecinal. Se trata de una tradición antipolítica porque siempre puso a la política más acá de la política, desautorizando los debates políticos. Los vecinos van a las cosas concretas, no les interesa los grandes debates, lo viven con sospecha y como una pérdida de tiempo. Los vecinos entienden que las cuestiones concretas, sea el asfalto, la poda de los árboles, las cloacas, las policías, las camaritas de vigilancia, no son de derecha ni de izquierda. De esa manera ponen a la gestión por encima de la discusión.    

¿Qué papel juegan los grandes medios y las redes sociales en su construcción?

El alarmismo vecinal se hace eco de las representaciones infladas a las que nos tiene acostumbrado el periodismo televisivo o radial. Si los vecinos alertas siguen a la Argentina a través del televisor, si miran el mundo por el ojo de una cerradura, van a ver tragedias por todos lados. No digo que sean un invento de la TV, pero llama la atención que los temas de los vecinos alertas son los temas principales de la TV. No solo los temas sino sobre todo la manera de contar esos temas, su temperamento, su malhumor. La indignación, el odio, la tendencia a autovictimizarse, la difamación, es algo que le enseñaron los periodistas de la televisión. Un periodismo parapolicial, que se mueve en patota para escrachar a las personas que referencian como salvajes o malvivientes. Algo de todo esto se te pega cuando dedicas tanto tiempo a ver televisión o escuchar la radio.    


"El alarmismo vecinal se hace eco de las representaciones infladas a las que nos tiene acostumbrado el periodismo televisivo o radial. Si los vecinos alertas siguen a la Argentina a través del televisor, si miran el mundo por el ojo de una cerradura, van a ver tragedias por todos lados"


El accionar policial, ¿alimenta la “pasión punitivista” de la que hablas?

Yo siempre digo que no hay olfato policial sin olfato social. Es decir, detrás de las detenciones por averiguación de identidad están operando los procesos de estigmatización social. Esas palabras filosas que los vecinos alertas van tallando cotidianamente para nombrar al otro como problema, como peligroso, no son inocentes: Crean condiciones de posibilidad para que luego las policías hostiguen a esos mismos actores. Por eso, me parece que es al revés, que el prejuicio vecinal alimenta la brutalidad policial. El mapa que tiene el policía en la cabeza para moverse en la ciudad es el mismo que tiene el vecino alerta. Es el vecino el que le mapea a la policía la deriva de los colectivos productores de riesgo. Con ello no quiero decir que la violencia policial no certifique los imaginarios autoritarios, los aliente y reproduzca. Pero prefiero contarlo de esta manera porque siempre empezamos contando los problemas por la policía, y me parece que hay que poner el ojo también en los vecinos. De hecho, la gran mayoría de las intervenciones policiales en la ciudad tienen su origen en una llamada al 911, en la cultura de la delación.  

¿Cómo operan la construcción de “enemigos” y de “lugares peligrosos” en su consolidación?

La producción de enemigos se ha vuelto fundamental, no sólo para los actuales funcionarios sino para la vecinocracia. A través del enemigo, de las políticas de enemistad, los vecinos no solo quieren reponer límites, sino reproducir las desigualdades sociales. Hay que enemistarse para componer un “nosotros”. Esa identidad se ha vuelto una obsesión, y los vecinos invierten mucho tiempo y dinero. Sobre todo porque con su construcción se pueden calmar otras angustias, tramitar otros problemas, es decir, poniéndole un rostro y asignándole un lugar al miedo abstracto, buscamos construir relatos que nos permitan orientarnos en una sociedad cada vez más compleja y que no queremos comprender. Porque el telón de fondo de la degradación moral que se ensaya hoy día a través del olfato social es la incertidumbre económica y la incompletitud de estatus. Esa inseguridad ontológica se rema a través de la producción de alteridad, transformando al otro relativo en un otro-absoluto.  

En una parte del libro afirmas que no estamos solos en el mundo, que estamos acompañados por la “máquina de la inseguridad”. ¿A qué te referís?

La máquina de la inseguridad es mi libro anterior. Con esa categoría quería para pensar las articulaciones estratégicas y contingentes que distintos actores de distintas agencias del estado realizaban para contener la pobreza, gestionar el delito callejero y regular las economías ilegales. Esos actores movilizaban sentidos comunes, interpelaban imaginarios autoritarios de larga duración que activaban pasiones autoritarias. Pero no solo había un interés económico en esa maquinaria sino finalidades políticas, como por ejemplo, desviar el centro de atención hacia cuestiones menores, tratando de transformar la cuestión social en una cuestión policial. De esa manera es como el funcionariado de turno pretende recomponer las confianzas que pierden con las recurrentes crisis económicas.  

¿Cómo es la relación de este Gobierno con la Vecinocracia?

El macrismo siempre se llevó bien con los vecinos alertas. No olvidemos que Cambiemos es un partido vecinal. No es casual que las consignas de Rodríguez Larreta estén llenas de apelación a los vecinos. Un gobierno que no le habla a los ciudadanos sino a los vecinos, es decir, a esos individuos sueltos que solo quieren vivir tranquilos, en su casa, con su familia; esos individuos que están dispuestos a resignar a su libertad a cambio de seguridad. No es cual tampoco que en la última semana Pichetto y Bullrich hayan reactivado su pirotecnia verbal. A través de sus bravatas contra las villas y los inmigrantes quieren retener el núcleo duro de Cambiemos en la Ciudad de Buenos Aires porque saben que es una ciudad que luego van a necesitar para volverse proyectar sobre la Nación. Cuando Argentina se piensa desde la Ciudad de Buenos Aires, lo que allí pase tendrá mucho influjo.  


"El macrismo siempre se llevó bien con los vecinos alertas. No olvidemos que Cambiemos es un partido vecinal. No es casual que las consignas de Rodríguez Larreta estén llenas de apelación a los vecinos. Un gobierno que no le habla a los ciudadanos sino a los vecinos, es decir, a esos individuos sueltos que solo quieren vivir tranquilos"


Entonces, ¿qué rol debería tener el Estado ante este fenómeno?

Me parece que el próximo gobierno debería hablarle otra vez al ciudadano, poner al ciudadano en el centro del espacio público, pero no como un simple espectador o como una hinchada, no como un coro sino como un actor plural. Reponer al ciudadano implica involucrarlo en los grandes temas que, dicho sea de paso, son temas que vienen quedando en el tintero. Los próximos años tienen que ser de mucha discusión, de muchos debates. Algo que faltó en épocas anteriores. Y esos debates hay que presentarlos y afrontarlos con paciencia y responsabilidad, es decir, teniendo en cuenta que hay que leer mi problema con el problema del otro, y que no todos los problemas tienen la misma urgencia. Desarmar las políticas de la enemistad implica construir políticas de la amistad. Eso llevará mucho tiempo, no hay soluciones mágicas mal que le pese a la TV.  


Rouvier