A siete días de la elección en Venezuela

El domingo próximo habrá elecciones legislativas en Venezuela, y como toda compulsa electoral en ese país será vivida como “la final del mundo”.

El domingo próximo habrá elecciones legislativas en Venezuela. Se trata de la número 25 desde que Hugo Chávez juró ante la “moribunda constitución” el 2 de febrero de 1999. Y como toda compulsa electoral en el país será vivida como “la final del mundo”. Para el chavismo se trata de una elección en la que el pueblo deberá decidir el destino de la “Revolución Bolivariana” frente al embate internacional liderado por EEUU desde hace años; para el antichavismo será una votación que puede significar el nacimiento de una nueva oposición (de cuño nacional) que podría marcar el epílogo del gobierno chavista. También será el final de la presidencia legislativa de Juan Guaidó, ya que su autodesignación como primer mandatario del país se “legitimó” a partir de la conducción de ese cargo en la Asamblea Nacional (AN) que se renovará el domingo.

¿Qué se elige?

Por primera vez desde el año 2000, la AN elegirá 277 diputados, luego de la reforma electoral realizada para aumentar el tamaño del unicameral órgano legislativo. El aumento en la cantidad de ediles (110) fue una estrategia del chavismo para invitar a la oposición a participar de una votación que tendrá como principal objetivo la renovación total de la AN elegida en el año 2015. Recuerde el lector y la lectora que en esa elección la Mesa de Unidad Democrática (MUD), la estructura política del antichavismo en ese entonces, triunfó de forma contundente obteniendo las dos terceras partes del poder legislativo (PL), y le significó un gran dolor de cabeza al chavismo gobernante. A partir de ese momento comenzó un duelo de poderes, conflicto muy propio del sistema presidencialista cuando el Poder Ejecutivo (PE) y el PL lo ostentan partidos distintos, que culminó con el arbitrio del Poder Judicial que declaró en rebeldía al Congreso con mayoría opositora. La garantía de los dos tercios obtenidos por la oposición dependió del resultado electoral del estado Amazonas que fue ganado por la MUD pero invalidado Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) porque los triunfadores “incurrieron en delitos electorales para obtener sus curules”. La Sala Electoral dio la orden de retirar a los tres diputados antichavistas, pero nunca se logró realizar según el reglamento interno de la AN. Como consecuencia, el TSJ declaró en desacato a la Asamblea aumentando los decibeles del conflicto político en el país. A partir de ese momento, la AN se convirtió en un espacio institucional que la oposición lideró con un sólo propósito: derribar a Maduro.

Los 277 legisladores que se elegirán el domingo serán votados mediante elección uninominal (144) y por listas (133) generando un legislativo más numeroso y, se espera, bien colorido. Los Estados Capital, Zulia, Lara, Miranda y Carabobo serán los distritos en donde se escogerán la mayor cantidad de diputados (entre 13 y 25), mientras que en Amazonas, Apure Cojedes, Delta, La Guaira, Nueva Esparta y Yaracuy se votarán 6 en cada uno. Una distribución más proporcional del territorio augura una elección más competitiva, y con posibilidades para que el campo opositor se alce con una buena cantidad de ediles.

El chavismo concurrirá a la elección con los colores del Gran Polo Patriótico Simón Bolívar, una coalición de partidos que esta vez no será completa ya que “por izquierda” el chavismo disidente estrenará la Alternativa Popular Revolucionaria. Sin embargo, las fuerzas oficialistas se muestran confiadas en el triunfo y en que la sangría interna de los disconformes con la marcha del gobierno sea diminuta.

La oposición presentará tres frentes partidarios: Alianza Democrática, Venezuela Unida y Soluciones para Venezuela. La primera emerge como la oferta más potente del antichavismo ya que nuclea a los partidos tradicionales y a los dirigentes más conocidos por afuera de los mediáticos (y exiliados) Guaidó, Leopoldo López, Antonio Ledezma, y Corina Machado. A pesar de no ser de la partida quien supo encarnar las esperanzas opositoras al inicio de esta década, Henrique Capriles apoyó públicamente a las expresiones antichavistas que apostaron al juego democrático.

El sector más duro de la oposición, para utilizar un adjetivo que no descanse en soledad en su condición de espacio político con fuertes vinculaciones con el exterior, no participará de la votación y su líder Guaidó convocó a una consulta popular para el día anterior a la elección legislativa. Su ascendencia social hoy se encuentra muy deteriorada, luego de los infinitos intentos fallidos por desalojar a Nicolás Maduro del Palacio de Miraflores. Asimismo, pesa sobre su persona y sobre sus principales dirigentes aliados acusaciones de corrupción en la gestión de las empresas que manejan desde el exilio, luego de que los EEUU, por intermedio de sanciones, disputas judiciales y de facto, se hicieran con los activos del país en el exterior.

A la fecha, el escenario electoral marca que si el chavismo logra garantizar la movilización de su aceitado aparato le alcanzaría para ganar la elección. Hay que recordar que en Venezuela el voto es optativo, por lo que el peso de una estructura que garantice la movilización el día de la elección se torna determinante para el éxito electoral. En ese sentido, el oficialismo cuenta con ventajas evidentes y la oposición le reza a su votante para que acuda a la cita el domingo que viene.

La dura situación económico social será un factor central en la elección, pero el peso decisivo va a recaer en la capacidad de las estructuras partidarias para asegurar ese voto. El chavismo, como se dijo, se muestra más fuerte en este aspecto, pero la angustia social puede convertirse en un efecto cascada para las posibilidades opositoras que confían en que “el voto castigo” será esta vez mayoritario.

El esquema partidario de la elección es muy similar a la presidencial de 2018: una oposición dividida entre los abstencionistas (otrora mayoritarios) y los participacionistas, quienes esta vez tampoco lograron la unidad en torno a una sola opción antichavista. Sin embargo, predecir el comportamiento del electorado venezolano siempre resulta una quimera, y nadie canta victoria antes de tiempo.

¿Cuál es la verdadera disputa?

Hasta aquí hemos dado cuenta de los aspectos políticos electorales más formales. Sin embargo, en esta elección subyace una disputa que podría convertirse en la llave de resolución del conflicto real en el país. La estrategia chavista descansa lógicamente en ganar la elección y obtener una mayoría suficiente para recuperar el PL de manos opositoras. Sin embargo, por encima de todos los propósitos que puedan ser atendidos, el chavismo busca con esta votación la emergencia de una oposición que acepte la lógica y la legitimidad del sistema político instaurado por esta fuerza a finales del siglo XX. El objetivo de aislar a la oposición con sede real en Washington y convertirla en una alternativa residual y antinacional (y ergo antidemocrática) se encuentra en la hoja de ruta de la disputa del domingo.

Está claro que el chavismo no juega a perder la elección para lograr dicho objetivo, pero la suma aritmética no dirá nada al respecto, salvo que la participación no logre superar un hipotético 30%. La estrategia marcada por la dirección política del gobierno es más cualitativa que cuantitativa, y descansa en fortalecer una oposición nacional que acepte la legitimidad del chavismo y se mueva en una lógica institucional antigolpista. El cuanto de votos marcará seguramente una parte del locus estratégico chavista, pero será la aceptación de la comunidad internacional (sobre todo de México y Argentina en la región y por supuesto de los aliados continentales rusos y chinos) y de la venia de las organizaciones participantes de la compulsa como veedoras, la clave de la jornada.

El chavismo necesita mostrar hacia afuera (y hacia adentro también) que su sistema político funciona porque es el propio gobierno quien puede asegurar la estabilidad política en el país. Para el presidente Maduro una elección transparente, sin conflictos, con alta participación y aceptada por la rama local e internacional en un contexto de “aflojamiento” temporal de la ofensiva estadounidense, se convierte en la llave maestra de la jornada. Desde allí que se fomente desde las más altas esferas del gobierno la concurrencia a la elección del 6D, como vehículo de “mostrarle al mundo que Venezuela es soberana” y que procesa sus problemas “puertas adentro”. Los debates electorales que se desarrollaron en las últimas semanas fueron en esa dirección, y exhibieron una caballerosidad ausente en las dinámicas tradicionales de otros países. Quien vea (y le aseguro al lector y a la lectora que lo haga) los debates entre chavistas y antichavistas se preguntará ¿pero no es que en este país se están matando entre ambos sectores?

Lo que viene, lo que viene

Venezuela votará sus diputados en uno de los peores contextos económicos de su historia. La impericia del gobierno como responsable de la crisis aporta una parte de la explicación. La otra descansa en las estrategias intervencionistas diseñadas en el exterior. Esta última tiene un peso explicativo que resulta determinante.

Intentar comprender la situación política del país requiere un esfuerzo que no muchos analistas internacionales están dispuestos a dar. Siempre será más fácil seguir al calor de quienes acusan a Maduro de todos los males del país que intentar honestamente analizar la situación venezolana desde un prisma más amplio, más inclusivo y, si se quiere, más valiente. La facilidad analítica disfrazada de haraganería para analizar los avatares venezolanos no complejiza un proceso que no en vano lleva más de 20 años en el gobierno siempre sostenido por el voto popular. Ya en otra oportunidad hablamos de los claroscuros del proceso chavista y de la dificultad de penetrar en sus adentros sin caer en adjudicarle en soledad las peores desgracias producidas.

En ese marco, muy poco se habla del rol de la oposición como partícipe necesario de la situación económica y social caótica en la que vive el país. La existencia de un presidente 2.0. y un conjunto de dirigentes opositores al servicio de una guerra contra el gobierno (que en los hechos ya es una guerra contra Venezuela) aceptados por los países más importantes del planeta pareciera ser hoy parte del folclore analítico de los científicos de la política. Como si las decisiones adoptadas por la “administración Guaidó” no hubiesen contribuido para que las condiciones sociales del país empeoren de forma agónica. El literal robo de Citgo Petroleum, filial de PDVSA en Estados Unidos, la congelación de activos externos, la acusación por narcotráfico (y demás delitos) a toda la dirección política del chavismo por parte de los gobiernos estadounidenses, las sanciones, embargos, desabastecimientos, intentos de magnicidio y bloqueos parece no tener ningún tipo de relación con la asfixia de una economía históricamente dependiente del petróleo (el petroestado) y su consecuencia inmediata en la hiperinflación record, la recesión inacabada, los ataques arteros a la moneda local y la estabilidad política y social del país.

La guerra contra Venezuela capitaneada desde el norte y sustentada internamente por la rama antichavista más violenta, en conjunción, pero en menor medida, con los desaciertos gubernamentales le ocasionaron al país pérdidas astronómicas. De acuerdo a la vicepresidenta Delcy Rodríguez "se estima que desde el año 2015 y 2018 la pérdidas para la economía venezolana han alcanzado los 130 mil millones de dólares por el brutal bloqueo financiero impuesto por el gobierno estadounidense". Hace unas semanas el propio Maduro en un crudo mensaje a la población declaró que en los últimos cinco años “Venezuela experimentó la más brusca caída de ingresos externos de su historia. En seis años, perdimos 99% del volumen de ingresos en divisas… Dicho de otra manera: De cada 100 dólares o euros que el país obtenía por la venta de petróleo en 2014, hoy obtiene menos de 1". Huelgan las palabras.

En 7 días se comenzará a parir una nueva Asamblea Nacional en Venezuela. El jueves próximo cerrará la campaña el chavismo, seguramente muy lejos de las históricas “siete avenidas” que pudo llenar en los cierres de 2012 y 2013. Esta vez será sin la presencia de un amigo incondicional de la Revolución Bolivariana, Diego Armando Maradona. Quedan en el recuerdo los jueguitos arriba del escenario del 11 de abril de 2013, como así también el impulso dado al presidente en la reelección de 2018, cuando su presencia animó el acto final al grito de “Vamos con Maduro”. Seguramente desde el cielo estará haciendo fuerza por otra victoria chavista.

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