¿A quién le habla la oposición?

Por: Federico Aranda

Según el actual calendario electoral, la campaña para los comicios de este año inicia recién el próximo 12 de julio, treinta días antes de la fecha fijada para las PASO (Ley 26.571, art. 31). Pero dejando de lado esta pequeña formalidad, nadie puede negar que desde comienzo de año todas las señales políticas son pensadas (y leídas) en función del impacto que pueden generar en la opinión pública de cara a las primarias de agosto próximo. En este marco, la oposición al gobierno nacional de Cambiemos se debate entre las diferentes estrategias con las que intenta capitalizar lo que parece ser un hecho irreversible: el desencanto del electorado que apoyó al oficialismo en las últimas elecciones, luego del innegable fracaso de su gestión económica.

Si observamos los informes presentados por diferentes consultoras de opinión a principio del año pasado, un porcentaje significativo de la sociedad consideraba que tanto la realidad económica personal como la general atravesaban un mal momento. Sin embargo, las expectativas de una mejoría (expresada en el discurso oficialista con la metáfora del “segundo semestre”, de “la luz al final del túnel” o de “los brotes verdes”) fundamentaron una persistencia en el apoyo a la gestión de Cambiemos por sobre segundas opciones en los principales distritos electorales del país.

Ese fenómeno, que parecía contrariar aquello de que la víscera más sensible del hombre es su bolsillo, fue motivo de explicaciones que centraron sus miradas en el éxito discursivo de dos ideas, diferentes pero complementarias. La primera de ellas apelaba al pasado, adjudicando los males de nuestro presente a la herencia recibida (que comenzó siendo responsabilidad del kirchnerismo para luego extenderse a los últimos setenta años de historia nacional). La segunda se proyectaba hacia el futuro de forma cuasi religiosa, planteando la necesidad de sacrificios y padecimientos en la actualidad como condición necesaria para un cambio “en serio” que nos catapultara a un mañana de bonanza y felicidad.

A esta altura, parece indiscutible que la performance de Cambiemos en las legislativas pasadas se comprende desde la esfera política, no desde la económica. Frente a una realidad percibida en términos negativos por la ciudadania, el apoyo de una mayoría de los votantes al oficialismo se sustentó en las expectativas positivas sobre su capacidad para resolver los problemas heredados o hacer frente a los desafíos futuros. Hasta aquí, nada que ya no se haya dicho.

Pero el interrogante central que surge de esta lectura es qué tan sólidas resultan esas creencias. Si hasta ahora la política permitió al gobierno mantenerse a flote en medio de la tormenta económica podemos preguntarnos si todavía puede ser su salvavidas ante un eventual naufragio. Esta cuestión es central para una oposición que solo logra disimular sus indefiniciones gracias a las recurrentes equivocaciones del gobierno. A pocos meses de que la sociedad sea convocada nuevamente a las urnas, la incertidumbre proviene nuevamente de la política y no de la economía. Mejor dicho, de lo que hasta el momento se ha hecho con la política.

En estos años el discurso prevaleciente en la oposición a Cambiemos estuvo enfocado en intentar hacer mella en la operación discursiva del gobierno, en demostrar que la pesada herencia no era tal y que las medidas adoptadas lejos de representar soluciones eran la causa de nuestros padecimientos. Con conciencia de lo que mencionamos anteriormente, la estrategia discursiva se enfocó más en romper expectativas consideradas falsas que en reemplazarlas por otras nuevas.

De esta forma, la oposición se dio a sí misma un libreto casi apolítico, más adecuado para el periodismo que para la dirigencia. Se colocó en un rol pasivo donde sus expectativas de éxito electoral pasaron a depender de los niveles de tolerancia o de credulidad de la sociedad, anhelando que frente a cada decisión de la gestión macrista por fin surtiera efecto el “yo te lo advertí” o el “por lo menos conmigo podías/tenías...”.

A menos de cuatro meses del primer round electoral a nivel nacional, nos encontramos con un escenario donde la porción de los votantes que basaron su apoyo a la gestión de Cambiemos en expectativas positivas se ha reducido drásticamente, dejando al presidente Macri y a su gobierno con un acompañamiento que vuelve difícil proyectar un próximo mandato.

Resulta imposible saber cuánto de este viraje se debió a la denuncia y la predica de la oposición y cuánto fue producto de la mala praxis del presidente y su gabinete. Lo que sí podemos observar es que el derrumbe de Macri en las encuestas no se traduce de forma directa en un crecimiento en la intención de voto de su principal opositora, Cristina Fernández. Los sondeos de fines de abril arrojan un porcentaje cercano al 20% del electorado, integrado en gran parte por votantes desencantados del oficialismo, que no saben a quien votarían en un escenario de segunda vuelta. Los interrogantes para la oposición surgen al observar que dentro de este fragmento de votantes flotantes los niveles de rechazo a CFK son iguales o más altos a los obtenidos por el actual presidente (alrededor del 90% sostiene que nunca votaría por ellos), por lo que se torna complejo prever con algún tipo de certeza hacia donde inclinarían la balanza en un eventual ballotage*.

Ante esta incertidumbre una parte de la dirigencia proclama con convicción, no sabemos si como estrategia de marketing o simplemente para darse seguridad a sí misma, el inminente fin de Cambiemos y el retorno al poder a partir de diciembre. La consigna “Ella le gana” además de multiplicarse en calles y redes sociales se reproduce en la mente de cada vez más militantes.

Asimismo, se celebran y difunden como acontecimientos intrínsecamente valiosos los gestos de unidad entre referentes políticos que hasta no hace mucho evitaban compartir un espacio común. De esta forma, trabajar por la unidad de una amplia gama de dirigentes que dicen acordar que “el límite (o el enemigo) es Macri” parece haberse vuelto una meta en sí misma y no un medio para un fin. Distinguir claramente esto se vuelve trascendental para una oposición que parece no tener claro a donde debe apuntar sus cañones si lo que quiere es cosechar votos en aquel electorado dubitativo, que claramente será quien defina la elección.

Importantes hechos políticos, como el paro nacional anunciado para el próximo 30 de abril, son vistos por el antimacrismo como la consolidación de una alianza política que golpea a un gobierno en retirada y preanuncia el triunfo popular. Pero paradójicamente, esta dinámica fortalece a Cambiemos, cuya estrategia de comunicación encaja de lleno con la dinámica que desarrolla la oposición.

En reiteradas oportunidades, la táctica utilizada por el oficialismo se ha basado en mostrarse débil frente a terceros actores y buscar de esta forma ganarse la simpatía de un amplio sector de la ciudadanía que mira a la política con desconfianza y desprecio. Al gobierno le ha sido muy redituable explotar esos sentimientos negativos construyendo un relato en el que casi en soledad enfrenta a las mafias, a la corrupción, a los barones del conurbano, a la burocracia sindical, a los caudillos del interior, a los jueces garantistas. Los consejeros de Cambiemos han entendido mejor las transformaciones sociales de las ultimas décadas y se preocupan por apuntalar imaginarios que enfrenten a “la política” con “la gente”.

A la hora de analizar el impacto que estas estrategias pueden tener sobre el porcentaje de votantes flotante, conviene tener presente las estadísticas que nos muestran cómo se vinculan hoy en día individuos y política. En nuestro país los indicadores de confianza apenas llegan al 22% para los sindicatos y al 14% para los partidos políticos**. Cualquier diseño de campaña que esté más interesado en sumar adhesiones que en consolidar las actuales debe tener en cuenta cuál es la mirada que la ciudadanía, y específicamente su franja de indecisos, tiene sobre las instituciones.

Construir un imaginario de pueblo es parte central de cualquier proyecto político que aspire a transformar la realidad, pero diseñar una campaña en función de ese imaginario, confundir lo que se desea con lo que en realidad es, constituye un error que puede boicotear el éxito electoral de ese mismo proyecto. Una interpretación errónea sobre lo que piensan y quieren los representados puede dejar a una parte de la oposición hablándole al vacío.

En los meses siguiente todo parece indicar que el fracaso económico de Cambiemos solo puede ser tapado con una certera estrategia de comunicación que apueste al enojo y la indignación de la población con la clase política en su conjunto. Será responsabilidad de la oposición definir si participa o no en el juego del gobierno, en un terreno donde tiene más para perder que para ganar.

Si la decadente gestión macrista solo puede ser salvada desde la política de la antipolítica, la oposición se enfrenta al desafío de construir un discurso que interpele a aquellos que la rechazan pero en cuyas manos está el destino de todos.



* “The undecices”, Consultora Isonomía, abril 2019.

** Informe Latinbarómetro 2018.


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