A propósito del "día después"

OPINIÓN. Este gabinete de forzudos tiene una obligación primaria: recuperar la dignidad popular.

No voy a escribir sobre el desastre ni tampoco a describir sus diferentes calamidades. Quien quiera detenerse en esa infausta tarea, favor de leer o escuchar atentamente la bonita pieza de Enrique Santos Discépolo intitulada “Cambalache”.

Tampoco tengo autoridad alguna (¡ni que Dios permita!) para erigirme en iluminado vocero de las grandes masas populares o, más modestamente, de algunos sectores educados de nuestra pequeña burguesía (¡basta de “clase media”! ¡volvamos a los clásicos!).

Mi nivel académico y mis hábitos de lectura sólo llegan hasta un inicial sentido de la preservación social y, por ende, de la salvaguardia personal.

Con esa agudeza avizora que la caracteriza, la vicepresidente Cristina y líder del FdT bastante antes del tsunami había tocado todas las campanas y prendido todas las luces rojas. Lo que hay que discutir, advirtió, es “el día después”. Algo intrínsecamente extraño al ser nacional, educado y entrenado en la supervivencia instantánea. Esa que nos permite ver con indiferencia familias enteras revolviendo en la basura y no prestarle la menor atención al derroche lujurioso de un puñado de connacionales (nótese que no los llamo argentinos).

Y mucho menos (¡válgame Dios!) preguntarse de dónde salieron esos dineros y dónde están. Nuestra pequeña burguesía (me acuerdo, como no, de Víctor Hugo [el francés, no el nuestro] y sus “miserables”) permea para abajo (con perdón) y con gran indiferencia y hasta repugnancia, ella acostumbró a convivir con sus desdichas a todos los pasajeros-sardina del Sarmiento, a todos los ilegales en casillas de cartón o latas de José C. Paz, a todos los moradores de la 31, la 1114, o las del Gran Rosario o las del Gran Córdoba, a los refugiados en ranchos sobre el río Salí, a los periféricos neuquinos.

No hay indignación institucional por esas menudencias sociales. Nadie se pregunta por qué yo puedo ser atendido en Los Arcos al módico precio mensual de 45.000 pesos (¡gracias Belocopitt, angustiado monopolista!) y la gorda a torta frita y fideos tiene que ponerse en la cola a las cinco de la mañana para poder tener un turno en el hospital Zubizarreta…

¡Qué voy a dármelas de Robin Hood! Viajo en el San Martín, llevé a mi madre al Zubizarreta por el PAMI, tengo “espías” en las villas. Miro por mi lujosa bay window devotense cómo los chicos se meten en el tacho de la basura…

Conozco mi país y visité esos ranchos no sólo en el Salí sino también en Corrientes, a orillas del Paraná. En ambos lados, en cuanto el río comienza a subir, las casillas se inundan y sus moradores luego pasan días sacando el barro…

Por supuesto estuve en Vaca Muerta, conocí las grandes tecnologías de los grandes grupos agroindustriales (no los nombro, buena gente, no tienen por qué ser puestos en la picota porque no tengan contacto con “eso”), almorcé en Puerto Madero y en el fantástico restaurante con su cheff suizo que tienen los Schroeder en su bodega neuquina. Hasta la pandemia, he pagado mi carpa en el balneario “13 al Sur” de Villa Gesell. Cuando pude tomé cervecita en General Belgrano, la aldea nazi de Córdoba.

Así que por ambas puntas tenemos jaque. Los que no soportan que haya un gobierno que “asistencialice” a esos vagos, a esas que paren para cobrar la AUH, y los que simplemente se agotan buscando la supervivencia.

La pregunta es clásica: ¿Qué hacer?

Bueno… un camino (ya está trazado) sería entregarse de pies y manos, acatar el dictado ya se sabe de quién y permanecer como proveedores de materia prima, que sigan ganando y transfiriendo riquezas los que siempre lo han hecho con total impunidad, mantener este status quo de provisión social y “que muera el que tiene que morir” (mamerto dixit). En este camino se incluyen prestigiosos líderes políticos que proclaman su sentida simpatía por “esos”.

Es un modo probado y aprobado en otros países latinoamericanos. Son dos vertientes: en una los ejemplos son Lugo, Zelada, Dilma, sin ir más lejos. Juicio político, destitución, cárcel si es posible. Para ello sólo hacen falta poder mediático, una justicia apropiada y un entusiasta parlamento resistente al “oprobio y corrupción populistas”. En la otra, la desenfrenada campaña mediática basada en errores falsos o de verdad del “corrupto y oprobioso gobierno populista” genera el suficiente continente para que cualquier votación se vuelva contra.

Y ni mus en ninguno de los dos casos. Porque la pequeña burguesía (masiva en nuestros países) no tolera invasiones de la “negrada” y lee “Clarín” o ve “TN”. Porque la “negrada” no recibe la imprescindible ración de asistencialismo, no tiene cloacas, los punteros le sacan parte de sus planes y, en general, sólo saben supervivir.

El otro camino (¡ya sé, ya sé, soy un comunista bolchevique pagado por el KGB!) es un poco más difícil: destruir ese rumbo del párrafo anterior y no caer en las altisonancias (que conste que ese término fue usado primero por mí) e ingenuidades pasadas de moda del tipo de “revolución socialista”, “dictadura del proletariado” o similares.

La constitución de este robusto nuevo gabinete, con forzudos que sin duda van a remar un poco más enérgicamente que los alicaídos intelectuales anteriores, permitiría soñar con que todavía hay tiempo para que la pequeña burguesía recuerde el terror neoliberal y para que los refugiados en la supervivencia vayan a votar…

… Me van a disculpar mis precauciones condicionales. Entiendo eso del “optimismo histórico” (¡dale con el marxismo apátrida!). He sido entrenado en el análisis objetivo y en la búsqueda de una solución social. Siempre. La realidad impone a veces otros criterios y rumbos. No siempre se da lo del manual. Ni tampoco siempre se cumplen nuestros sueños.

De una buena vez por todas hay que reconocer el pantano en el que estamos. Mejor dicho el laberinto pantanoso en el que estamos (no se me ocurre alguna imagen más apropiada). De esto sólo se sale (si no hay un mapa fidedigno, claro) despegando los pies del barro y elevándose para ver el camino apropiado.

Las medias tintas, las reflexiones contemplativas, las disculpas o las grandes alocuciones sólo aumentan la confusión y el temor. La convicción de que “estos no tienen la menor idea”. Salir del laberinto sólo es posible cuando existe una conducción férrea y decidida, capaz de llevar su pueblo hasta la salida y la tierra firme. No hablo de terror revolucionario (¡ya sé, ya sé, soy un comunista… etc.!). Hablo de determinar posiciones para saber de qué lado de la barricada está esa conducción. Hablo de terminar con el asistencialismo y proveer todo lo que una sociedad civilizada necesita: trabajo, educación, previsión social y seguridad.

Los planes -está visto- sólo palian la situación pero no resuelven el problema. Es más, su continuidad degrada y degenera el cuadro social. En vez de crear trabajadores libres lo que generamos son desclasados y desahuciados sociales. Carne de cañón para cualquiera. Incluyendo, claro, la derecha fascista. Hay que volver a reivindicar el carácter exclusivo del trabajo como generador del tejido social.

Las decisiones voluntaristas en economía son eso, simples enunciados. Son de difícil cumplimiento. Por lo general provocan conflictos que podrían evitarse. Demuestran una falta de creatividad y profesionalismo alarmante. Lo peor es que esas decisiones voluntaristas no resuelven ningún problema ni cambian la estructura que provoca dificultades.

Este gabinete de forzudos tiene una obligación primaria: recuperar la dignidad popular. Es obvio que esa tarea ni siquiera estará puesta en marcha antes de noviembre. En noviembre habrá que seguir tragándose sapos. Pero si queremos evitar destinos como los sufridos por nuestra/os compañera/os latinoamericana/os, la primera obligación es generar YA los anticuerpos sociales que impidan esa confabulación.


¿Qué pienso al respecto?


  • Repotenciación y puesta en pleno vigor de las organizaciones políticas y populares. Los conciliábulos palaciegos tienen que ser reemplazados por el funcionamiento de miles de unidades básicas, comités de acción, organizaciones comunales que pongan la política en la calle, en el barrio, en pueblos y ciudades. Con consignas y tareas claras, comprensibles y sentidas por la comunidad en la que se actúa. Reemplazar las espasmódicas manifestaciones callejeras por el funcionamiento sostenido de estas organizaciones.


  • Conformar una conducción orgánica del FdT, que baje la estructura hasta las bases. El FdT tiene que convertirse en una herramienta política aglutinante, cohesionadora y coherentizadora (aunque la palabra no figure en el diccionario). De permanente presencia en la vida social.


  • El FdT tiene que trabajar, como entidad política, en la conformación de una plataforma programática, que sea integrada, discutida, corregida y aprobada por las organizaciones de base. Esa plataforma es la guía para la acción.


  • En todas las estructuras representativas, parlamento, legislaturas, foros, colegiaturas, el FdT debe plantearse un trabajo unido y coherente, en función de esa plataforma.


  • El movimiento obrero tiene que jugar un papel protagónico. Los sindicatos, además de la defensa de sus intereses sectoriales, pueden convertirse en aportantes principales de esa plataforma programática del FdT. Sobre todo porque los sindicatos son sinónimo de producción, por sobre la especulación financiera.


  • El FdT debe potenciar el trabajo entre el empresariado nacional, reivindicando el papel, por ejemplo, de la CGE como nucleadora de pymes. Este empresariado, atacado y destrozado por el poder neoliberal y los grandes grupos de la especulación financiera, sin dudas tiene que ser escuchado y sus demandas y propuestas tienen que ser atendidas por el FdT como parte fundamental de su acción política.


  • La atención de la deuda externa tiene que encuadrarse en una primera definición de su legalidad o ilegalidad. Está demostrada la delincuente gestión hecha al respecto por el gobierno neoliberal. Está demostrada la complicidad de los organismos internacionales como el FMI en ese delito. Acceder a un acuerdo incondicional significa que el gobierno nacional se coloca también en condición de cómplice. Hay que establecer un mecanismo por el cual se calcula y se paga lo que hay que pagar y se demanda a quienes malversaron y saquearon la Nación. Recurrir al respaldo internacional en esta demanda, como ocurrió con la recordada resolución ONU respecto del carácter opresor de los endeudamientos externos de los países.


  • El FdT tiene que buscar y conseguir el necesario soporte internacional. Para ello tiene que embanderarse en los lineamientos de una política exterior soberana, solidaria con los pueblos atacados por el poder monopólico de la especulación financiera y promotora de la alianza con los nuevos centros multipolares como los BRICS o la OCSh. Debe ver su papel principal en el rearmado de la unidad latinoamericana en organizaciones como la CELAC o una reflotada UNASUR.


  • Como argamasa cimentadora de todos estos puntos, el FdT tiene que impulsar un referendo vinculante sobre la conveniencia de redactar una Nueva Constitución, a celebrar antes de las elecciones generales de 2023. Colocar así su aprobación como el reflejo de la nueva realidad política, económica y social de la Argentina y del mundo y, por lo tanto, una herramienta obligatoria para concretar la nueva etapa de nuestra Patria.


  • Por último, el FdT tiene que construir un sistema comunicacional de fácil acceso para todos los sectores populares, que permita recoger sus aspiraciones, demandas y propuestas y devolverles su correspondiente elaboración desde los organismos apropiados en cada caso. Ese sistema tiene que funcionar en todos los niveles y en todas partes.


Me hago cargo que esto no es “palabra santa” (¡ya sé, ya sé, comunista, ateo, etc…!) pero alguien tiene que comenzar a pensar en “el día después”. Uno de los grandes defectos de Cristina (los tiene, ¡mirá vos!) es que es la única que se hace esa pregunta y, por ahora, no encuentra respuestas.

Bueno, creo que es nuestro pueblo el que tiene que darlas. Su palabra es la que hay que escuchar para salir del pantano. Perón hablaba de “comunidad organizada”. Algo así.

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