A propósito de Allen vs. Farrow

El estreno de Allen vs Farrow (Amy Ziering y Kirrby Dick, 2020) terminó de (re) instalar un tema incómodo, delicado, polémico... horrible. El tema: el supuesto abuso sexual de un padre hacía su hija. ¿Por qué es “incómodo, delicado, polémico… horrible”? Porque el acusado es Woody Allen, y cuando las balas tocan cerca de uno de los nuestros, todo resulta más difícil de llevar.


Sofia Guaggiari escribió en Página 12: “Hablar de abuso es siempre entrar en un terreno incómodo. Es producir molestia. Es violentar las aguas que parecen calmas. Cuando se habla de abuso se suele individualizar o psicopatologizar como si esos actos estuvieran 'afuera' de la sociedad en la que vivimos. Y no como algo que es parte y que está siempre mucho más acá, siempre más familiar que ajeno. Está en nuestra educación sentimental y en nuestra cotidianidad, en nuestra historia como sociedad. Pero no podemos callar más. Hablar no solo sirve para dar existencia sino también para transformarla y Allen vs Farrow viene a habitar esa zona de conflicto”.

La acusación contra el director de Zelig lleva más de 30 años. ¿Qué fue lo que cambió? Cambió el signo de los tiempos.

Allen viene en picada desde hace décadas. Salvo alguna excepción, sus películas vienen recaudando cada vez menos, muchas pasan desapercibidas y toda su filmografía europea (Medianoche en París, Match Point, A Roma con amor) se debe a que prácticamente no consigue fondos para rodar en Nueva York.

¿Sería posible que una cadena como HBO encare este documental si Woody siguiese en la cresta de la ola? Por supuesto que no. ¿Sería posible que este documental viera la luz sin el movimiento #MeToo? Tampoco.

Allen vs Farrow es el documental de Mia, Dylan y Ronan (el hijo biológico de la pareja) contra Allen. Presenta un relato desgarrador, el de Dylan contando cómo su padre abusó de ella. Una y otra vez nos cuentan la escena. Es el episodio que originó la disputa judicial, el que terminó de romper a la familia y el que los acompañaría el resto de sus vidas.

El documental de Amy Ziering y Kirrby Dick nos cuenta lo mismo que viene diciendo Mia desde hace años, pero ahora suma las voces de sus hijes. La actriz registró en video los días posteriores al hecho, vemos a una Dylan niña contar dónde la tocó el director y guionista. Farrow también grabó las conversaciones que mantuvo con su expareja, donde escuchamos a un Woody apático ante semejante denuncia (algo que deja en claro la serie es que Allen es un tipo con poca empatía).

Como se trata de una figura querible (¿quién quería a Harvey Weinstein? ¿quién salió a defender a Jeffrey Epstein?), nos cuesta más asimilar los testimonios.  Buscamos alguna justificación, queremos encontrar los hilos, identificar los errores. Y es ahí donde el documental presenta sus fallas: está plagado de operaciones discursivas, lecturas algo forzadas y olvidos voluntarios que terminan perjudicándolo.

Hernán Scheel se ocupó de señalar varias de las inconsistencias, escribió en A Sala Llena: “(…) las omisiones son groseras. El documental se concentra en una sola pericia a Dylan por parte del MIT sin mencionar que hubo otra pericia del Departamento General de Nueva York donde no encontraron evidencia de abuso. Hubo, además, otros doctores que desestimaron la denuncia como una fantasía. Desde la propia terapeuta de Dylan, pasando por una terapeuta de la familia (Susanne Oates). Tampoco menciona la severa claustrofobia de Woody Allen, una patología psíquica que hace muy improbable que haya elegido un espacio tan reducido como un ático pequeño para abusar de su hija. Ni que no se encontró ningún signo físico de abuso en el cuerpo de Dylan, ni los dos análisis psiquiátricos (el de la psiquiatra de Woody Allen y el de Fred Brown, un profesor emérito de psiquiatría experto en pedofilia), que dijeron que la personalidad de Allen no encajaba desde ningún punto de vista en la de un perverso de esas características”.

Estas omisiones terminan afectando al documental. No había necesidad de hacer semejante recorte. Más teniendo otros testimonios, como el de Frank Maco, fiscal estatal de Connecticut, quien dijo que para él había "causa probable" y explicó cuáles fueron sus motivos para no continuar con la denuncia (básicamente proteger a la niña de la exposición que se vendría, algo también discutible).

Diego Lerer, en su reseña para La Agenda, realizó el siguiente análisis: “Lo mejor que tiene la serie es darle el espacio, el tiempo y la voz narradora principal a Dylan. (…) Ziering y Dick le le permiten contar su historia, devolviéndole la palabra para contar sus incómodos y dolorosos recuerdos. Y lo mismo hacen con Mia Farrow, quien ha sido cuestionada, vilipendiada y considerada como alguien cruel, mentiroso y vengativo por los fans de Woody. Es difícil dudar de la honestidad de ambas tras ver la serie. Por más cuestionamientos que pueda generar la propuesta del documental, no hay duda de que madre e hija fueron víctimas de una serie de experiencias que nadie debería atravesar”.

Allen vs Farrow es un producto de estos tiempos, es el golpe a un genio en retirada, es una serie con demasiados trucos, es una mirada sesgada… Es algo que hubiésemos querido no ver, pero no por eso los acontecimientos que narra habrían dejado de existir.


Sobre el autor: Nahuel Billoni coordina el sitio www.incont.com.ar, en Twitter es @nahue84 y hace otras cosas. 

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