A los Estados Unidos no les alcanzó el dinero para la vacuna

La victoria en la carrera mundial de la vacuna era importante para Washington no sólo como parte de la campaña electoral de Donald Trump, sino como símbolo de la hegemonía indestructible de los Estados Unidos en el mundo.

Artículo original de Irina Alksnis (RIA Nóvosti) / Traducido por Hernando Kleimans


Los Estados Unidos, en la persona de William Evanina, director del Centro Nacional de Contrainteligencia y Seguridad (NCSC) acusaron este fin de semana a Rusia, China e Irán de intentar impedir a los EE.UU. la vacuna contra el COVID-19.

Los descubrimientos del contrainteligente norteamericano aparecieron prácticamente al mismo tiempo con la declaración de Donald Trump, en la que reconoció que la vacuna contra la infección del coronavirus aparecerá en los EE.UU. sólo luego de las elecciones presidenciales.

Sin embargo, aclaró que no se trata de arteras intrigas de competidores de política exterior, sino por ciertas divergencias de política interna.

En calidad de compensación el presidente prometió a los norteamericanos suministrar –además gratuitamente- los mismos fármacos para el tratamiento del COVID-19 que durante su enfermedad recibió él mismo. Para los EE.UU., con su absurdo (según las normas del mundo desarrollado) sistema de salud, que simplemente no es accesible al bolsillo de una enorme cantidad de ciudadanos, esta es una poderosa iniciativa.

Sin embargo la última declaración de Trump realmente debe ser tomada como una forma de compensación, incluso en el sentido de public relations, por cuanto el tema de la vacuna y su aparición ya antes de las elecciones era una parte importante de su campaña electoral.

En la elaboración del fármaco la Casa Blanca asignó alrededor de doce mil millones de dólares, los que fueron distribuidos entre las organizaciones nacionales y extranjeras del correspondiente perfil. Por ejemplo, la compañía norteamericana biotecnológica Novavax recibió 1.600 millones de dólares.

Empero las principales esperanzas de la administración USA –y no sólo ella- estaban puestas en las elaboraciones que se llevaban a cabo en conjunto con la compañía farmacéutica británico-sueca AstraZeneca y la Universidad de Oxford. Con ellas resultó la mayor desilusión, por cuanto surgieron serios cuestionamientos a la seguridad del fármaco preparado.

A Rusia le interesan todas estas peripecias farmacéuticas de los EE.UU. en primer lugar en el grado de la relación que ellas puedan tener con nuestro país. Como se sabe, ya desde el verano los EE.UU., Gran Bretaña y Canadá vienen acusando a Moscú de ciberataques con el objeto de robar información sobre las vacunas que ellos elaboran. Ahora en cambio y a juzgar por las declaraciones de Evanina, la concepción cambió y al primer plano saltó el sabotaje de los servicios especiales rusos para impedir el éxito de los trabajos que allí se desarrollan.

Y en general los rusos seguro que no tienen ninguna vacuna, según lo que declaró el director del NCSC. A la contrainteligencia norteamericana, a fin de preservar las células nerviosas de su dirección, por lo visto, le conviene no poner en conocimiento público de que en Rusia, dentro de algunos días, será registrada ya la segunda vacuna, del centro “Véktor”.

Sin embargo, si se mira toda esta historia desde un punto de vista global, ella es incluso más aleccionadora que la observada costumbre de Washington de dirigir la culpa por cualquiera de sus frustraciones a las artimañas de Moscú.

La victoria en la carrera mundial de la vacuna era importante para Washington no sólo como parte de la campaña electoral de Donald Trump, sino como símbolo de la hegemonía indestructible de los Estados Unidos en el mundo, la confirmación de que Norteamérica sigue siendo el más desarrollado, el más avanzado en tecnología y ciencias, el que dispone de las más grandes posibilidades y en todas las demás categorías el país más-más-más del planeta.

El factor financiero tradicionalmente jugó un rol esencial en el estatus de los EE.UU. como un líder global. El detentar la principal máquina de imprimir del planeta hasta el día de hoy es una de las piedras basales de su posición de dominio.

El financiamiento extraordinariamente generoso, volcado por Washington a la elaboración de la vacuna en compañías por todo el mundo pudo ser dos, tres e incluso diez veces mayor. Al fin y al cabo los estadounidenses realmente pueden permitirse esto.

Por una parte esto impresiona, y por la otra sólo subraya la escala del fracaso. Porque ni cincuenta e incluso cien mil millones de dólares en este caso no habrían cambiado nada: algunas tareas simplemente no se resuelven con la ayuda exclusiva del dinero.

En los últimos años los EE.UU. descubren regularmente que comienzan a defeccionar los habituales instrumentos que aseguraban su dominación mundial. Salen fuera de control los pequeños socios y las organizaciones de política exterior que Washington estaba acostumbrado a considerar como su feudo. Pierden eficacia las elaboradas tecnologías de trabajo con los indeseables, por ejemplo esas mismas revoluciones de color.

Y ahora sonó otro timbre, si no es un campanario, que recuerda que el dólar tampoco es todopoderoso.

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