A 75 años, el 17 de octubre: consagración y perdurabilidad

OPINIÓN. La Plaza sigue ahí, con cambios profundos. Hay rejas que no estaban, canteros que no obstaculizaban, faltaban las huellas cercanas de la metralla y otras señales de nuestras peores tragedias que llegarían tiempo después. Encontrar algún sobreviviente de esas jornadas suena imposible, pero debe haberlo; quedan los testimonios, diversos, subjetivos, como lo son también las crónicas referidas a la fecha.

La Plaza sigue ahí, con cambios profundos. Hay rejas que no estaban, canteros que no obstaculizaban, faltaban las huellas cercanas de la metralla y otras señales de nuestras peores tragedias que llegarían tiempo después. Encontrar algún sobreviviente de esas jornadas suena imposible, pero debe haberlo; quedan los testimonios, diversos, subjetivos, como lo son también las crónicas referidas a la fecha.

El dato central es que se cumplen 75 años del 17 de octubre, del primero, del original, del fundacional en la decisiva memoria colectiva. Encuentro necesario hacer dos consideraciones: la primera, la Plaza de Mayo fue el escenario central de esa jornada decisiva, de ningún modo el único; la segunda, fue consagración pero no fue final sino explicitación, para propios y extraños, y desde esa consagración, de un vínculo político desde el que puede explicarse buena parte de la centralidad y persistencia de la expresión política más influyente de estos últimos 75 años en Argentina: el peronismo.

Ya no hay registro audiovisual de ese día que solo tenía un final posible, tolerable, para los que se fueron congregando en Plaza de Mayo y en otros espacios. Seguramente el odio y el intento de borrar la historia hicieron su parte para que así fuera, junto a cierta costumbre nacional de descuidar los archivos. Hay audios, hay textos de diarios y de otras publicaciones. Aquel era un mundo casi sin televisión, la que se iniciaría aquí justamente en un aniversario de esta fecha, seis años después. La radio era el medio que hacía llegar la palabra en vivo y los diarios y las revistas vendían cantidades de ejemplares en volúmenes que hoy resultan increíbles.



¿Alguien vio venir el 17? La decisión de los pueblos a veces va por delante de la previsión de los dirigentes. Hay imprevistos, abundan los relatos sobre estas cuestiones. Seguramente hubo algo de eso, uno entre tantos imponderables que cambian la historia. Hubo pujas, incluso muertos ese día. Se puede mirar aquello no solo como una jornada a considerar fundacional para el peronismo, que de eso se trata en la memoria colectiva (y después vienen todas las otras consideraciones). También puede verse como el día inicial del antiperonismo en sus versiones más violentas.

Un intento de trazar algunas respuestas a estos supuestos. Claramente algo empezó entonces, por cómo terminó cerca de la medianoche la larga espera, la expectativa, el pedido, la exigencia de los presentes y de los que desde otros puntos pugnaban por lo mismo: 


Perón quedó consagrado entonces como líder popular.


Perón sí, otro no. Ese grito no se escuchó por primera vez esa tarde y esa noche en Plaza de Mayo, de hecho hubo varios actos masivos previos con el mismo protagonista en el centro de la escena, desde 1944. Pero sí fue entonces que quedó claro que había una comunicación específica, aquella que la propia sensibilidad del entonces coronel definió como unión indestructible. Eso otro, tan constitutivo del peronismo como la potencia del liderazgo popular mencionado, también se consagró entonces. Seguramente para los que no se irían de allí hasta escuchar una voz que ya era conocida para muchos, estaba la percepción de esa unión. Para otros, los que se habían movilizado en otros puntos de la amplia Argentina, la lejanía no suponía distancia con lo que pasaría esa noche, aportando desde sus espacios, desde sus construcciones y sus empujes.

Para una parte de los mismos que habían creído muerto a lo que ya habían definido como peronismo, supuso comprobar desde el mismo balcón de Casa de Gobierno que se habían equivocado en su apreciación. Por ejemplo el general Avalos, que estuvo buena parte del 17 en Casa Rosada y que desde la guarnición militar de Campo de Mayo que dirigía, había comandado la presión de altos mandos de las Fuerzas Armadas desde los primeros días de ese octubre, para que Perón fuera desplazado de los cargos que había reunido entre 1943 y 1944. El día 9, uno después de cumplir medio siglo, parecía que la ofensiva centrada en terminar con Perón culminaba en éxito, al renunciar este a la vicepresidencia de la Nación, al Ministerio de Guerra y a la Secretaría de Trabajo y Previsión.

La euforia del antiperonismo nos llega hasta hoy al recorrer los diarios del día 10. Uno de ellos lo define despectivamente como “el otro Irigoyen” (sic) justamente en relación con un final de destierro. Seguramente el redactor de la nota sin firma de Crítica no vislumbraba lo que venía, ni tampoco que la muerte real de ambos (Perón e Yrigoyen) sería acompañada de un extraordinario acompañamiento popular, solo reservado a unos pocos en nuestra historia nacional de poco más de dos siglos. Pero esa es otra historia. La de entonces puede entenderse, entre otras, como la de la resurrección de quien era considerado un muerto político.



Posiblemente, en esa soberbia de los aparentes vencedores de una puja política establecida un tiempo antes radicó el primer grave error político de esos nueve días que cambiaron la historia nacional. Perón pidió despedirse en un acto público y con transmisión por la red de alcance nacional de Radio del Estado. El acto se realizó el mismo 10, frente al lugar donde puede decirse que nació el proyecto político que hizo su presentación nacional una semana después de esa manifestación convocada imprevistamente: la Secretaría de Trabajo y Previsión Social.

La importancia de los reflejos políticos de los protagonistas, vinculada a la relevancia de no ceder espacios (o de ocuparlos), hace pensar que en el hueco dejado por quienes tenían la iniciativa política, quizás se inició la reversión de ese escenario. Como orador exclusivo de ese acto, del cual afortunadamente hay un audio que expresa como pocos cuánto ya había entonces de la relación perdurable entre el político y sus seguidores, Perón llamó entonces a la lucha y a defender lo que se había logrado hasta entonces. Dijo entonces también, entre otras cosas, que los trabajadores debían defenderse a si mismos y repitió otra consigna: “De casa al trabajo, y del trabajo a casa”, a la vez que pedía no caer en la tentación de la violencia y remarcaba que se vencía con organización.




Además de lo que hoy puede verse como primer paso de renacimiento político, escuchar los sonidos y las voces del acto mencionado es, por un lado, mucho más rico que la lectura del discurso -por otra parte no tan recordado- en tanto se recuperan voces perdidas de la multitud (con muy diversos tonos entre el pedido, la exigencia y la adhesión incondicional mezclada con un imperioso “¡Presidente! ¡Presidente!”) la oratoria de un Perón casi de sus inicios como dirigente de masas y a la vez, permite acercarse desde entonces a discutir con supuestos que fueron mucho tiempo casi indiscutibles en los análisis sobre la pregunta tan repetida: ¿qué es el peronismo?

Entre esos postulados, uno para mencionar ahora, es el que ha aludido a una férrea verticalidad como una de sus características distintivas, muchas veces como paso previo para definirlo como un movimiento con rasgos autoritarios o directamente como autoritario. 


Desde ya que hubo uno, o mejor dicho, dos liderazgos de enorme peso en lo que se ha denominado como peronismo clásico: Perón primero y luego se sumó Evita. 


Esa certeza no impide ver la riqueza de una relación de liderazgo que se construyó también desde un diálogo único. Y este ir y venir ya estaba entonces, antes del 17, pero en esa presencia masiva de la fecha emblemática, en esa espera que se transforma en exigencia a medida que las horas pasaban, se convierte en una parte insoslayable de la escena nacional. Quien quiera profundizar sobre esto, sobre la excepcionalidad del diálogo del liderazgo peronista con sus bases, busque en el acto del Cabildo Abierto del Justicialismo del 22 de agosto de 1951 o mucho después en la que quizás sea uno de los momentos de mayor felicidad del peronismo, el regreso de Perón en noviembre de 1972 y las escenas en Gaspar Campos. Lo que se quiere señalar es que no son excepciones, sino posibles muestras más destacadas de una constante.



Los días hacia el 17 de octubre transcurrieron entre la pereza de quienes querían transferir el gobierno a la Corte Suprema para la transición hacia lo que consideraban un seguro triunfo electoral cuando se definiera la fecha, en tanto por un lado se arrogaban la representación de la Constitución y de la libertad y por otro lado el peligro político que podía suponer Perón parecía derrotado; y la movilización en ciernes de quienes habían interpretado el discurso de despedida en clave de llamado a dar pelea y a dar continuidad a una construcción política que llevaba casi dos años, de la que participaban Perón como sus allegados principales (Domingo Mercante, Juan Atilio Bramuglia, Ángel Gabriel Borlenghi, Cipriano Reyes, José Figuerola, Ramón Carrillo) y que contaba con un integrante fundamental que era la parte de la dirigencia sindical de entonces que apoyaba, como parte activa y decisiva, al flamante proyecto político, además de sectores aliados en las Fuerzas Armadas y en agrupaciones políticas divergentes de los partidos políticos locales.

Quizás los más lúcidos entre los rivales políticos supieron o entendieron mejor que otros la lógica del acto del 10 y vieron rápido el error de no haberlo prohibido, pero sumaron otro desatino en sus decisiones. Perón fue detenido el 13 de octubre y trasladado a Martín García, destino de destierro breve, territorio de la Armada. Ya desde el día 14 comienza a haber manifestaciones en diversos puntos del país. 


De allí hasta el 17 serán varios los escenarios de movilizaciones y de marchas hacia los centros de la atención política de dichos lugares. 


Por ello creo que con todo lo que tuvo de fundacional el 17 de octubre de 1945, la movilización que marcó como ninguna el inicio de una nueva era política argentina fue también la expresión potente e irradiada en esa fuerza hacia todo el país de lo que se fue gestando, por un lado desde la asunción de Perón en el Departamento Nacional de Trabajo y Previsión (rápidamente transformada en Secretaría) en octubre de 1943 y, por otro, en la coyuntura específica de octubre de 1945, desde el acto del día 10.

Esos escenarios fueron Tucumán, Berisso, Ensenada, La Plata, Rosario, Avellaneda, Lanús, Dock Sud, ciudades y localidades sedes de sindicatos que fueron base fundamental de apoyo para la construcción original del peronismo y que en las jornadas previas al 17 y en las mismas primeras horas de aquella fecha histórica de la que se cumplen ya 75 años tuvieron un papel insoslayable para hacer posible lo que en el inicio de esos 9 días parecía imposible: Perón ubicado de nuevo en el centro de la escena. Los trabajadores de ingenios azucareros, los de los frigoríficos, los ferroviarios, entre otros, jugaron sus cartas entendiendo lo que estaba en juego. Esa defensa era mucho más que la defensa de una persona, era la defensa de las conquistas y de los avances logrados, como el futuro General señaló casi como consigna de batalla en la tarde del 10 de octubre.  Incluso en la ciudad de Buenos Aires hubo manifestaciones de apoyo a Perón el 16.



Evidentemente la presión properonista se empezaba a sentir. Si el 12 de octubre fue una fiesta del antiperonismo frente a la sede del Círculo Militar, en Plaza San Martín (definido como un picnic festivo en la amplísima cobertura de los grandes medios), desde el 14, pero sobre todo desde el 15, aún los medios que retaceaban información sobre los peronianos o peronistas (como los llamaban alternativamente) mencionaban las movilizaciones. Minimizándolas, pero las mencionaban. Además, Perón llevaba un largo historial de pujas al interior del gobierno surgido con el golpe de junio de 1943 y contaba con algunos apoyos, que si bien no habían podido impedir la avanzada de Avalos, del almirante Vernengo Lima (autor de la frase “Yo no soy Perón” en la manifestación del 12) y sus aliados en la dirigencia política, tenían cierto peso.

Hombre del Ejército con muy larga trayectoria allí y con amplio conocimiento entre sus filas, Perón solicitó ser atendido por un médico de su fuerza armada. Entonces fue trasladado para ser atendido al Hospital Militar Central, en la Capital Federal. Ya era 16 de octubre. Que la balanza parecía moverse queda sugerido, entre otros gestos, porque debe desmentirse su detención desde los mismos que la habían definido. Hay algunos incidentes ya en la jornada previa a la que ahora recordamos.

Entre el 16 y el 17 a la madrugada la CGT se reúne y define una huelga general, pero lo hace para el 18, con el voto dividido (y lejos de la unanimidad) de los integrantes de su Comité Central Confederal. Aquí volvemos a la referencia anterior, respecto a que las movilizaciones populares en ocasiones se adelantan a las decisiones dirigenciales. En su proclama que llama a la huelga, una de las consignas es la liberación de los presos políticos, en clara mención a Perón, pero respetando un principio de larga data de las reivindicaciones gremiales, sin hacer menciones personales. Esta discusión fue dada allí, y perdida,  por quienes entendían que correspondía ponerle nombre y apellido a la consigna.

En la víspera hay manifestaciones alrededor del Hospital Militar exigiendo la libertad del detenido. Ya el 17 y desde temprano a las manifestaciones en los lugares mencionados se suma la que quedó en el recuerdo, la que tenía como destino la Plaza de Mayo. Para que allí llegara, y esa era la consigna central, para que fuera liberado y allí llegara Perón. Cruzando el Riachuelo, por tierra o por agua, la presencia de un actor inédito sorprendió a muchos y definió también otra característica distintiva del nuevo movimiento político: la presencia masiva en las calles de trabajadoras y trabajadores, tanto cuando había que apoyar en los actos públicos como en el disfrute de igual a igual de los espacios públicos. Una de las expresiones de ese efecto nivelador del peronismo del que hablarían sus propagandas poco después. 


También, como se dijo, el 17 puede considerarse la fecha fundacional de un aspecto del antiperonismo, la violencia como recurso. 


Dos manifestantes peronistas murieron,  baleados desde el edificio de un diario muy reconocido de la época.

Como se sabe, la presencia popular fue un apoyo imprescindible para que cercano el final del 17, Perón se trasladara a Plaza de Mayo y hablara desde los balcones de Casa de Gobierno, acompañado por Farrell. Ya el escenario era otro y se abría el camino a la disputa electoral de cara a lo que pronto sería la convocatoria a las elecciones que, inicialmente previstas para abril de 1946, se realizaron el 24 de febrero, reconocidas por unos y otros como las más transparentes de la historia nacional. Las que llevaron a Juan Domingo Perón al primero de sus tres mandatos constitucionales.


Finalmente, repitiendo algo de lo dicho, el 17 de octubre es, en la memoria colectiva del peronismo, su fecha fundacional, y fue, desde entonces, el Día de la Lealtad. Todo lo demás viene después. 


Y entre esas consideraciones, apuntar algunas: la presencia perenne en las calles de un actor que ya estaba en una parte, pero estaba invisibilizado también en buena medida: las masas populares (el proletariado argentino con su credo revolucionario y peronista, dirán carteles en manifestaciones de esos tiempos);  la consagración de un liderazgo popular sin parangón en la historia nacional y la constitución de lo que para los protagonistas de esa jornada, Perón y los peronistas, fue una unión indestructible.

Quizás no haya una fecha más importante en nuestra historia política. Como llegada y como punto de partida. Como presentación en sociedad de un fenómeno político incomparable en Argentina. Recordado como jornada fundacional por los adherentes. Denostado entonces y desde entonces por quienes ya y hasta aquí se han definido por lo que no son, desde la negativa. Irrupción popular para asombro de los habituales paseantes del centro político del país. Tan cierto como que puede ocultar que esa fecha tuvo movimientos en otras plazas, en otras calles del país, en el cruce de otras aguas. Como que también puede decirse que esa larga jornada tuvo varios comienzos posibles y una sola concreción en la memoria colectiva: ¡Perón sí, otro no!


Sobre el autor: Juan Pablo Kryskowski es licenciado en Ciencia Política de la Universidad de Buenos Aires, docente titular del seminario “Populismo y peronismo” y adjunto del seminario “Peronismo, centralidad y persistencia” en dicha carrera de la Facultad de Ciencias Sociales.

Las imágenes son parte del archivo del mismo autor, pertenecen al periódico El laborista.

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