80 Años. El futuro que nos regalaron con sus vidas

OPINIÓN. La Gran Guerra Patria, sagrada memoria por los millones de muertos, el heroísmo masivo de los simples soviéticos, la intolerable derrota del nazifascismo, una epopeya que comenzó hace 80 años y a la que, en gran parte, el mundo le debe su independencia.


Nací cuatro meses después, el 13 de octubre de 1941. Cuando ustedes enfrentaban en soledad a las hordas nazis en Volokolamsk con los héroes de Pamfílov, en Jimki con los cursantes del Kremlin, cerca de Tula de donde es mi consuegra Lena, con Zoia anunciándoles a sus verdugos en Petríshevo la bandera roja en el Reichstag. Recién abría los ojos al mundo cuando ustedes desfilaban por la nevada Plaza Roja y marchaban directamente desde las fábricas al frente.

Cuando yo nací, ustedes permanecían en Moscú, junto con su gobierno, junto con el comandante supremo Iósif Stalin, y nadie pensaba en abandonar la ciudad.

Mis padres encabezaban en Buenos Aires las marcha del Socorro Rojo, proclamando la solidaridad con ustedes y denunciando las atrocidades del nazismo. Yo todavía no sabía que en ese mismo instante ya habían muerto millones de soviéticos, los bárbaros de la Luftwaffe habían destruido centenares de ciudades ucranianas, rusas, bielorrusas, los animales de las SS habían convertido en cenizas miles de aldeas con sus habitantes adentro.

Pero ustedes resistieron. Hitler y sus secuaces no pudieron cumplir con su plan de tierra arrasada, ni convertir a Moscú en un gigantesco y desolado mar artificial, ni borrar del mapa la bella Leningrado (hoy San Petersburgo). No pudieron apoderarse de las grandes industrias rusas, ni liquidar su poderío militar. No pudieron convertir a Rusia en el esclavo territorio productor de materias primas para proveer a los grandes grupos económicos alemanes.

Cuando yo nací, ustedes ya habían casi realizado la increíble hazaña de evacuar sus industrias a los Urales, a Siberia o a las repúblicas asiáticas de la URSS. Millones de personas, sometidas a un invierno terrible, a cielo abierto, con racionamiento severo, ya habían recomenzado a fabricar los T-34, los mejores tanques de la Segunda Guerra Mundial, los aviones de asalto Il-2, los tanques voladores, la “muerte negra” para los alemanes, las “katiusha”, coheteras montadas sobre camiones que provocaban el pánico y eran prácticamente inhallables…

Mujeres, mujeres y chicos y viejos, ateridos y hambrientos, superaban normas de producción de adultos, parados en sus maquinarias, mientras los adolescentes de 19 y 20 años y los obreros, intelectuales, técnicos, deportistas, maquinistas, vendedores de grandes tiendas, músicos, lectores de Heine o adoradores de Beethoven, muchachas románticas y jóvenes científicas batían en las trincheras congeladas las tropas escogidas alemanas, húngaras, italianas, españolas, finlandesas, austríacas… La flor y nata del nazifascismo europeo sedienta de destruir el nuevo mundo socialista.

Centenares de miles de simples pobladores, en la profunda retaguardia alemana, ya habían desencadenado la guerra guerrillera haciendo intolerable la vida de los invasores y restaurando en comarcas enteras el poder soviético y obligando a retirar del frente divisiones enteras de los SS para combatir a los omnipresentes “vengadores populares”. Cuando yo nací, el comandante supremo Iósif Stalin ya definía esta resistencia clandestina como el verdadero Segundo Frente, tan esquivado por los “aliados” Churchill y Roosevelt.

Cuando yo nací, recién comenzaban a conocerse los nombres de los grandes líderes militares como Georgui Zhúkov, Alexandr Vassilievski, Iván Kónev, Konstantín Rokossovski. Ellos fueron los que derrotaron los tanques de Guderián y los aviones de Goering en las inmediaciones heladas de Moscú. Porque el “general invierno” tan trajinado por los historiadores occidentales que así quieren justificar la derrota nazi, también fue sufrido por las tropas del Ejército Rojo, todavía en inferioridad de condiciones ante el enemigo pertrechado por toda Europa pese a la liviana solidaridad occidental.

 Ellos, los grandes estrategas, condujeron sus ejércitos en la primera gran victoria mundial sobre el soberbio ejército nazi en diciembre del 41. Ellos sepultaron los designios hegemónicos del hitlerismo en Stalingrado, en febrero del 43. Ellos dieron vuelta la historia en la magnífica victoria del Arco de Kursk en agosto de ese mismo año. Ellos liberaron durante el 44 y principios del 45 toda la Unión Soviética ocupada, Polonia, Hungría, Checoslovaquia, Austria, Yugoslavia, Bulgaria, Grecia… Ellos acudieron en ayuda de sus aliados, embretados por sus propias contradicciones y desesperados por el avance alemán en las Ardennes en febrero del 45. Ellos serían los que condujeron sus tropas, 1418 sangrientos días y noches después, a la toma del Reichstag.

Fueron 27 millones de muertos, al menos en las últimas investigaciones. Pero fueron mucho más. Fue mi hermano Kolia, huérfano de la guerra, cuyos únicos parientes en su boda fueron… las nodrizas del orfanato que lo criaron. Fue mi profesora de ruso Zoia Fedótovna, jovencísima maestra jardinera recogiendo los cuerpitos de sus chicos luego del bombardeo nazi al tren que los evacuaba. Fue mi profesor Shebarióv, historiador y héroe de la Unión Soviética. Fue Yuri Zubritski, con esa desesperante tos y un solo pulmón por la metralla, amante de las muchachas en flor y magnífico estudioso del quechua.

Cuando yo llegué a Moscú, a estudiar historia en “la Lumumba”, en 1962, todavía la gente vivía en casas de madera, en los sótanos de los edificios o hacinadas dos o tres familias en departamentos comunes, las “komunalkas”. Desde esos sótanos, las ventanitas que se asomaban a ras de las veredas dejaban escapar el olor de las comidas, las cortinitas las adornaban y en ellas crecían las flores.

Cuando yo llegué a Moscú, todavía las muchachas bailaban entre sí porque faltaba toda una generación de jóvenes. Todavía los hombres vestían ajadas guerreras militares. Todavía las madres seguían esperanzadas buscando sus hijos expatriados como mano de obra esclava a Alemania.

La guerra… la maldita guerra…

Entonces, por todas partes resonaba la canción de Mark Bernés:

“¿Quieren los rusos la guerra?

Pregúntenle al silencio.

Sobre los anchos campos.

Entre los abedules y los álamos.

Pregúntenles a los soldados

que yacen bajo los árboles.

¡Les responderán sus hijos

si quieren los rusos la guerra! 


Fueron millones los soldaditos que dejaron sus vidas en Smolensk, en Kíev,  en Mozháisk, en Rzhev, en Elna, en Stalingrado, en el Vóljov, en Kursk, en Lvov, en Sandomir, en Iassi, en Sebastópol, en Prusia, en las alturas de Zeelov, en las orillas del Balatón, en los desfiladeros de los Cárpatos, en las calles de Berlín…

En el inicio de la década del 60, en el primer “deshielo” soviético descripto por Ilia Ehrenburg, ese gran publicista y escritor amante de París, cuando en Moscú la juventud debatía en las plazas el futuro, alentada por los poemas de Evtushenko o Rozhdénstvensky, entre las películas más vistas se destacaban “Paseo por Moscú” con la actuación de un inaugural Nikita Mijalkov y “Tengo 20 años”, de Marlen Jutsíev.

En ella, un grupo de jóvenes continuaba con la discusión. Uno de ellos, en un momento hamletiano, convoca a su padre muerto en la guerra. Cuando se le aparece la sombra, su figura es la de un soldadito con su casco y el fusil con la bayoneta calada. Ante las acuciantes preguntas de su hijo su única respuesta fue: “¿Cómo quieres que te responda sobre la vida? Yo morí defendiendo Moscú. Tenía 20 años” … ¡Todavía no había vivido!

Murió para que yo viviera.

Hace hoy 80 años.


Sobre el autor

Hernando Kleimans es Licenciado en Historia. Doctor en Relaciones Económicas Internacionales. Periodista Especializado en Temas Internacionales. Ex director de la Casa de la Provincia de Buenos Aires en Moscú, ex presidente de la Cámara de Relaciones Económicas Argentino Rusas, ex Editor del periódico Rusia Hoy. 

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