70 aniversario de la Nueva China: perspectivas de un gigante mundial

Por: Juliana González Jáuregui

El 1 de octubre, la República Popular China (RPC) celebró el septuagésimo aniversario de su fundación. El desfile militar, en conmemoración de una fecha emblemática para ese país, tuvo lugar en la ciudad de Beijing y fue extraordinario, no sólo por sus dimensiones físicas, sino por el mensaje que subyació a semejante despliegue. China ha despertado y está contribuyendo, sin lugar a dudas, a hacer realidad el tan anunciado advenimiento del “siglo asiático”, que no hará más que recuperar la otrora centralidad económica global del continente. Tal como versa un artículo recientemente publicado por el periódico Financial Times, el mundo está pronto a cerrar el círculo y volver a su punto de inicio, cuando, allá por fines del siglo XVII, era Asia, y no Europa, la que daba cuenta de más de 2/3 del Producto Bruto Interno global, y representaba ¾ de la población mundial (Romei y Reed, 2019)i.

El mensaje implícito supera el objetivo de enaltecer el posicionamiento de China como segunda mayor economía del planeta que, de hecho, representará el 19% de la producción mundial este año. El mensaje es, más bien, la expresión, mediante una puesta en escena descomunal, de que esa nación logró levantarse de las opresiones extranjeras sufridas durante las Guerras del Opio, primero con el Reino Unido y luego con Francia y, posteriormente, de las invasiones llevadas a cabo por Japón con anterioridad a la fundación de la RPC. Ese mensaje también manifiesta la capacidad de superación ante las propias vulnerabilidades internas que marcaron su devenir histórico más reciente: las intensas luchas libradas entre comunistas y nacionalistas -una vez finalizada la Era Imperial-, las persecuciones que se emprendieron en el marco de la Campaña de las Cien Flores, el fracaso del Gran Salto Adelante, los trágicos resultados de la Revolución Cultural y, posteriormente, los sucesos ocurridos en la Plaza Tian’anmen, por mencionar sólo algunos de los hitos más relevantes que caracterizaron, retomando y parafraseando a Giovanni Arrighi, al “largo siglo XX” en el caso chino.

Además de una representación física, ese mensaje es el claro reflejo de la determinación, a viva voz y canalizada a través del discurso del actual presidente y líder del Partido Comunista Chino (PCCh), Xi Jinping, de una búsqueda incesante por concretar dos objetivos que resultan cruciales para el futuro del país a escala interna. Por un lado, la construcción de una “sociedad modestamente acomodada” en todos los aspectos, para 2021. Por otro, la materialización de un “país socialista moderno, próspero, democrático, civilizado, armonioso y hermoso”, y del “sueño chino” de la “gran revitalización de la nación” para 2049. Las fechas distan de ser azarosas, traen consigo, también, un significado: en el caso de la primera meta, coincide con el centenario de la creación del PCCh; en el segundo, se trata del centenario de la fundación de la RPC.

Llama la atención que esos objetivos no sólo abrazan la idea de superación de los males del pasado, fiel reflejo de un rasgo histórico chino: su fuerte nacionalismo, sino también la convicción de recuperar la centralidad del país en el plano internacional. Si a esas metas le sumamos otro simbolismo, el propio nombre de esa nación en idioma chino mandarín: Zhongguo, que en español significa “País del Centro”, los pasos a seguir, tanto a nivel doméstico como global, distan de bifurcarse, sino más bien, apuntan a la concreción de una transformación integral con sello propio.

Efectivamente, ese sello propio contiene varios mensajes explícitos, enunciados en los últimos dos Planes Quinquenales, el XII y el XIII, que retoman y enaltecen los logros alcanzados desde 1949, pero, en especial, el progreso que, con marchas y contramarchas, mediante la política de la “Reforma y la Apertura” iniciada por Deng Xiaoping a partir de 1978, han sentado las bases y dado continuidad a las transiciones hacia la confirmación de la China que hoy conocemos. El camino elegido, distintivo, se aúna en el concepto de “socialismo con peculiaridades chinas”; una noción que hizo su primera aparición de la mano de Mao Tse-tung, mediante su decisión de escindirse del modelo soviético, en plena Guerra Fría, para iniciar una vía propia y superior a la del socialismo que proponía la Unión Soviética. Aunque ese concepto, como tal, distó de ponerse de manifiesto en esos términos en aquél entonces, fue la guía para los gobiernos subsiguientes, hasta su definitiva incorporación a los Estatutos del PCCh, durante la gestión actual, en el marco del “Pensamiento de Xi Jinping” y con la idea de iniciar una “Nueva era de la normalidad”. Se trata de un legado que, en cierto sentido, ha dado forma al excepcionalismo chino; ha sido el hilo conductor de las cinco generaciones gobernantes desde la fundación de la RPC hasta la actualidad, pero ha cobrado especial envergadura durante la etapa reciente, de la mano del fuerte liderazgo personificado en la figura de Xi y sus aspiraciones de convertir a China en primera potencia mundial.

En línea con un modo propio de implementar el socialismo, la proclamación de Xi de una “Nueva era”, entonces, promueve una continuidad histórica y, a su vez, propone los pasos necesarios que encarnan el nuevo modelo de desarrollo nacional. Un desarrollo que, al mismo tiempo, se conjuga con una ambiciosa aspiración en el ámbito global: recuperar, como se anticipó, la centralidad en el sistema internacional, aunque promulgando la idea de una “comunidad de destino compartido para la humanidad”, es decir una senda común de desarrollo que incluya no sólo a China, sino al resto de los países del mundo. De hecho, ese fue el contenido central del discurso que Xi proporcionó en ocasión del septuagésimo aniversario, que se sumó a la publicación de un nuevo documento blanco, donde se explicitan las aspiraciones y objetivos del país y se resalta que “China contribuye a un mundo mejor”, al igual que “un mundo próspero y bello es la ambición de todos los pueblos”.

A la luz de los hechos, estos mensajes, explícitos e implícitos, plagados de simbolismo, distan de hacerse presentes en este, y no otro, momento histórico. La propia coyuntura interna de China, al igual que la internacional, abren camino a una retórica, que se plasma en la práctica del gigante asiático. En tiempos en que Estados Unidos abraza el proteccionismo y, de cara al desafío de su primacía y hegemonía mundial, no sólo sostiene la guerra comercial, sino que continúa alimentando la escalada de tensión, China contraataca y, al mismo tiempo, se hace del espacio para asumir el rol de defensor de la globalización económica y el multilateralismo. Aun así, sufre los embates de esa contienda fronteras adentro, al igual que mediante la ralentización del comercio internacional. En paralelo, se enfrenta a otras disyuntivas no menores: la crisis por las protestas en Hong Kong, que persistieron, incluso, mientras tenía lugar el desfile en Beijing, y el precedente que esas manifestaciones puede sentar, tanto en el frente interno como externo de la RPC. Es que, más allá de Hong Kong, las ya conocidas tensiones con regiones autónomas como Tíbet y Xinjiang, al igual que con la isla de Taiwán y toda el área que comprende al Mar de China Meridional, se mantienen y, por momentos, recrudecen.

Los hechos fácticos dan lugar a la formulación de preguntas que, ante la coyuntura descrita, resultaría complejo, y hasta erróneo, responder de manera certera. Esos hechos son, sin dudas, una invitación a observar de cerca si, en su aspiración a consagrarse como país socialista plenamente desarrollado y moderno, y como primera potencia mundial, China concretará la reforma política, esa que no sólo le aclama el resto del mundo, sino que también refleja la, por momentos, debatible cohesión social. Las voces acalladas de Tian’anmen son internas y, de tanto en tanto, reaparecen. Quizá uno de los caminos sea, como en el caso de la reforma económica, transitar el cambio de forma progresiva.

En rigor a la verdad, el contenido de cada uno de los mensajes que China ha venido impartiendo en el tiempo reciente, pero en especial, en esta semana de celebración nacional, es claro y contundente. El propio Xi expresaba, en su discurso del 1 de octubre: “el pueblo chino consiguió levantarse y ha logrado un desarrollo sin precedentes” y “ninguna fuerza puede hacer que los pilares de nuestra gran nación tambaleen; nada puede impedir que la nación y el pueblo chino avancen”. No hay dudas de que el gigante ha despertado; vastas son las muestras de su despegue en el plano doméstico, en búsqueda del desarrollo pleno para 2049. Vastas son también las señales a escala internacional, entre ellas, el lanzamiento y la paulatina implementación de la estrategia de la Iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda, la creación del Banco Asiático de Inversión en Infraestructura, y el rol preponderante que ocupa tanto en el comercio internacional, como en las inversiones y los créditos que se concretan a diario en todo el mundo. Ya no es China la que tiene que explicar hacia dónde se dirige, es el resto del globo el que tiene que definir cómo posicionarse ante una transición que ya es un hecho.

(i) Romei, V. y J. Reed (2019, 25 de marzo). The Asian century is set to begin [en línea], Financial Times, Global Economy Section. Recuperado el 1 de octubre de 2019 de https://www.ft.com/content/520cb6f6-2958-11e9-a5ab-ff8ef2b976c7


Dra. en Ciencias Sociales por la FLACSO/Argentina. Investigadora del Área de Relaciones Internacionales y Directora de la Cátedra de Estudios sobre China en el Mundo Actual (FLACSO/Argentina).

Rouvier