2021: a veinte años de la hecatombe, ¿qué aprendimos?

Más allá de los eventos concretos de aquel año, que incluyen un megacanje, un corralito, una declaración de estado de sitio, una brutal represión y cinco presidentes en una semana, vale la pena dar cuenta del largo proceso que llevó hacia ese trágico año y repasar las lecturas sobre ese período que hemos hecho desde entonces hasta hoy.

Se inicia el año 2021 y no deja de sorprendernos que ya hayan pasado veinte años de aquel fatídico 2001 en el que el modelo neoliberal colapsó en la Argentina dejando a su paso una enorme crisis. Más allá de los eventos concretos de aquel año, que incluyen un megacanje, un corralito, una declaración de estado de sitio, una brutal represión y cinco presidentes en una semana, vale la pena dar cuenta del largo proceso que llevó hacia ese trágico año y repasar las lecturas sobre ese período que hemos hecho desde entonces hasta hoy.

Jugando como Hobsbawm podríamos decir que, en Argentina, la del noventa fue una larga década, que comenzó con la hiperinflación de mediados de 1989 y culminó con la devaluación del peso el 1 de enero de 2002. Las dos puntas del período están intrínsecamente conectadas y su vínculo da cuenta del período en su totalidad. Los eventos de 1989, año en que en Argentina la inflación anual superó el 5000 por ciento, pero concentrada en el mes de julio, generaron una angustia colectiva muy profunda, una sensación de que nada podría ser peor que aquello. La solución a la alta inflación -que no fue un episodio aislado de 1989 sino que fue persistente durante toda la década del ochenta- vino con la Ley de Convertibilidad, que entró en vigencia en abril de 1991 y rápidamente desactivó prácticamente toda inercia inflacionaria. Como contrapartida, fue un modelo económico excluyente que llevó en el curso de diez años al aumento del desempleo, de la informalidad, de la pobreza, de la indigencia, de la desigualdad y del endeudamiento externo. A su vez, destruyó la industria nacional, desarmó las instituciones de protección social y avaló la privatización de muchísimas empresas públicas.

El impacto social y político de la Convertibilidad constituyó rápidamente un temor muy profundo: de no ser por su vigencia, volveríamos a la angustiosa hiperinflación. Así, este régimen económico se mantuvo demasiado tiempo en pie, incluso más que lo que sus principales beneficiarios deseaban, y la consecuencia de esa demora es, precisamente, la crisis de 2001. Las masivas y multifacéticas movilizaciones populares de aquellos años dan cuenta de la caída de esos miedos, de ese temor profundo a volver a 1989. 


En 2001 la sociedad argentina perdió ese miedo y se deshizo de la Convertibilidad. 


O, en todo caso, la sociedad argentina terminó de perder un miedo que algunos sectores ya habían empezado a dejar al costado cinco años antes, cuando los piqueteros y las organizaciones populares comenzaron a ocupar las calles y a llenar un espacio de representación de sectores subalternos que los sindicatos habían dejado vacío.

Si la crisis de 2001 marcó la caída de la Argentina de los noventa, vale la pena detenernos en ella. ¿En qué consistió ese modelo económico y social? En principio, cabría reconocer los fenómenos globales. Durante la década del noventa se consolidó el neoliberalismo a partir del aumento de la influencia de organismos multilaterales como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional, que condicionaron sus políticas de crédito a la adopción de reformas estructurales. Sin embargo, la legitimación del neoliberalismo va mucho más allá. En gran parte del mundo las ideas neoliberales empezaron a florecer en los años setenta y ochenta. En América Latina, las primeras experiencias fueron dictaduras sangrientas en las que se pusieron en juego intentos de demoler los cimientos de los paradigmas previos. En los países desarrollados, esa tarea se llevó a cabo en democracia. ¿A qué nos referimos? A los paradigmas del Estado de Bienestar y del desarrollismo, que primaron desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta la década del setenta en países desarrollados y en desarrollo, respectivamente. 


El neoliberalismo surge como un discurso social alternativo con un recetario de medidas necesarias para desarticular los resortes de poder de los principales promotores de estos paradigmas[1].


Así, lo que en los años setenta y ochenta era un conflicto entre paradigmas alternativos, en los noventa será la consolidación de un neoliberalismo vencedor. La caída de los socialismos realmente existentes y la conformación de un mundo unipolar con Estados Unidos como único hegemón del planeta también jugaron su rol: el neoliberalismo como fin de la historia.


La Argentina fue un caso particular de consolidación del neoliberalismo, precisamente por la violencia instituyente. Del primer intento, en dictadura, no hay mucho para aclarar. El segundo fue precisamente la hiperinflación, más allá de los debates sobre sus causas, que versan entre los desequilibrios estructurales de la economía argentina y las acciones premeditadas de ciertos grupos económicos que la promovieron (quien escribe adhiere más a las explicaciones estructurales que a las conspirativas). Es decir, los eventos de 1989 habilitaron una magnitud y velocidad de las reformas de un neoliberalismo victorioso que no se repitieron en otras latitudes: la privatización de setenta empresas públicas nacionales en pocos años, incluyendo a YPF, la empresa más grande del país, así como la conformación de un sistema previsional de capitalización a cargo de administradoras privadas, la reducción de las contribuciones patronales a la seguridad social, la eliminación de las retenciones a las exportaciones, la reducción y eliminación de aranceles a las importaciones, la liberación de todos los movimientos de capitales especulativos y la eliminación de la política monetaria -y, por consiguiente, de la posibilidad de financiar política fiscal con emisión- a partir de la fijación del tipo de cambio por ley.

Durante todo el período, el discurso dominante fue que el problema principal de la Argentina era la falta de modernización e inserción en un mundo nuevo. El país tenía toda la potencialidad para insertarse favorablemente en la globalización, pero para eso tenía que hacer reformas que remuevan los vestigios de la oxidada industria sustitutiva. La llegada de capitales extranjeros, tecnología y nuevos modelos de negocios obligaría a las empresas locales en invertir en mejoras de productividad y en capacitación de la mano de obra para poder competir en el mundo y salir de la trampa de una industrialización sustitutiva que solo se sostenía con protección estatal. 


A un nivel un poco más abstracto, se puso a la competitividad y a la competencia como pilares fundamentales del progreso social en desmedro de cualquier principio de solidaridad. 


Volvemos a 1989: si la Argentina industrial, solidaria y protegida había ocasionado las desgracias de la hiperinflación y la Argentina del egoísmo, la competencia y el mercado había resuelto el problema, ¿por qué no seguir confiando en ella? 

En los hechos, lo que sucedió fue que efectivamente durante los primeros años de vigencia de la Convertibilidad la economía creció, teniendo lugar un fenómeno extraño de aumento de la actividad y simultáneamente caída del empleo. Los ingresos de divisas por las privatizaciones y las inversiones extrajeras permitieron que hasta 1994 la economía viviera una reestructuración que se presentaba como positiva. Frente al creciente desempleo, el discurso oficial era el de la asimetría entre la oferta y la demanda de trabajo: mientras los trabajadores argentinos tenían buena calificación para oficios industriales, el mercado demandaba otras aptitudes, como inglés o computación. El correlato de la caída del empleo formal fue un aumento en la tasa de actividad: los trabajadores despedidos se convertían en cuentapropistas, muchas veces usando para ello el dinero de las indemnizaciones, pero como los ingresos no alcanzaban, muchas personas otrora inactivas (principalmente mujeres, pero también jóvenes y adultos mayores) se lanzaban al mercado laboral, muchas veces en condiciones precarias.

El principal mecanismo de la Convertibilidad consistía en convertir la restricción externa en restricción fiscal. Cuando ingresaban dólares, para mantener el tipo de cambio el Banco Central tenía que comprarlos emitiendo pesos. Cuando los dólares salían, el mismo banco tenía que retirar pesos de circulación. Así, durante los primeros años el ingreso de divisas por las privatizaciones y los flujos de inversiones habilitó una economía dinámica. Si esas inversiones hubieran generado impacto en la capacidad exportadora de algunos sectores dinámicos, el corte de ese flujo positivo podría haberse compensado con nuevos ingresos de dólares del comercio exterior. Sin embargo, no fue el caso.

Durante toda la década el déficit comercial fue creciente. La apertura indiscriminada a la importación y el tipo de cambio apreciado hicieron estragos en las industrias locales al tiempo que abarataron en pesos el acceso a consumos importados. Es decir, durante toda la década fueron necesarios dólares de otras fuentes para cubrir el saldo comercial negativo. Al principio, el dinero de las privatizaciones cumplió ese rol. Luego fue el turno del endeudamiento externo.

Desde la mitad de los noventa la actividad económica empezó a frenarse, aunque 1996 y 1997 terminaron con crecimiento tenuemente positivo. 


La pobreza comenzó a subir, la informalidad se volvió moneda corriente, la indigencia volvió a entrar en escena. 


Las tasas de desempleo siguieron creciendo y los intereses de la deuda ocuparon un lugar cada vez más importante en el presupuesto público. Además, una economía que se frena recauda menos. Así, la combinación de caída de la actividad con crecientes servicios de la deuda llevó al ajuste del gasto público. A su vez, ese ajuste profundizó la recesión. Así, desde 1998 la economía argentina entró en un tobogán: el desempleo, la caída de la actividad y la pobreza creciente -que implicó tanto la entrada en la pobreza de sectores que nunca habían sido pobres como la profundización de las carencias de los que sí lo eran- fueron respondidos con más ajuste, flexibilización laboral y profundización del recetario neoliberal. El discurso oficial en aquel entonces era que el desempleo no bajaba porque los salarios del sector público seguían siendo demasiado altos. Así se justificaba un mayor ajuste y se llegó a resultados trágicos.

Para evitar incendios empezaron a implementarse planes sociales que tenían la venia del Banco Mundial. Se trataba de programas asistenciales de corta duración, montos reducidos, beneficiarios acotados y contraprestaciones laborales. Estos programas debían funcionar como puente hasta que la mano de obra se ajuste a las necesidades de la demanda de trabajo y tenían prohibido interferir en la dinámica libre del mercado laboral. No configuraron derechos, seguridad económica ni verdadera protección social.

Hacia finales de la década empezó el debate acerca de la continuidad de la Convertibilidad, pero en las elecciones presidenciales de 1999 los tres candidatos más votados prometieron mantenerla. Sin embargo, sectores del poder económico ya empezaban a delinear caminos de salida: por un lado la dolarización de la economía, por el otro una devaluación. 



En su agonía, la Convertibilidad se fue convirtiendo en una carga cada vez más contraproducente para la economía argentina. La persistente salida de divisas, tanto en intereses de la deuda como en formación de activos externos por parte de sectores que empezaron a especular con un corto fin, redundó en una sequía de pesos y en ajustes brutales sobre los sectores subalternos. Entre otras medidas, se redujeron salarios públicos y jubilaciones en sus valores nominales. Los gobiernos provinciales, imposibilitados de pagar sueldos, recurrieron a las cuasi-monedas. Los sectores populares empezaron a conformar clubes de trueque: espacios donde poder intercambiar bienes y servicios sin recurrir a la moneda de curso legal, que escaseaba ante la facilidad legal para convertirse en dólares. Las organizaciones sociales que desde mediados de los noventa habían empezado a articular las demandas de los sectores populares crecieron, se articularon entre sí y coordinaron las resistencias a un modelo económico y social destructivo. A fines del año 2000 el gobierno negoció un blindaje de 40.000 millones de dólares que se fugó en pocos meses. A mediados de 2001 incurrió en un megacanje que no solo elevó enormemente los montos a pagar sino que se firmó con jugosas comisiones para los bancos intermediarios. 

Las elecciones legislativas de octubre de 2001 mostraron un triunfo del “voto bronca” que explicitaba la desconfianza en el sistema político en su totalidad. Luego llegó diciembre y, cuando se acabaron los dólares, en lugar de restringir su compra, lo que implicaba dar de baja la Convertibilidad, el gobierno decidió limitar el acceso al dinero en efectivo. Es decir, durante un mes los peces gordos siguieron pudiendo comprar dólares pero los pequeños ahorristas se quedaron sin dólares pero también sin pesos. Aparecieron los cacerolazos de la clase media empobrecida y se fusionaron con las protestas que desde hace varios años venían impulsando las organizaciones piqueteras. Tras la caída del gobierno, en la última semana del año se dispuso la cesación de pagos de la deuda y un nuevo presidente dispuso el 1 de enero la devaluación de la moneda y el fin de la Convertibilidad. 


Hoy en día algunos jóvenes sobrerrepresentados en redes sociales han intentado recuperar una mística noventista. 


En el marco de sus representaciones terraplanistas, la Argentina de los años noventa sería entendida como un sueño interrumpido, bloqueado interna o externamente pero cuyo sendero virtuoso sería posible recuperar. Del mismo modo, muchos debates han catalogado a los noventa como la década trágica de la economía argentina. Entonces, ¿cómo explican distintas escuelas o grupos de intelectuales al debacle que este año cumple veinte? Traemos aquí seis explicaciones.

A. Hay quienes, quizás desde un discurso antipolítico, le echan la culpa a la corrupción. El modelo funcionaba bien pero los políticos corruptos arruinaron todo. B. Desde una mirada similar, hay quienes sostienen que el problema de los noventa fue que no se solucionó el déficit fiscal. Es decir, que el neoliberalismo falló porque faltó más ajuste. En ambos casos, el modelo de la Convertibilidad sería correcto, pero las falencias gubernamentales, por robar de más o ajustar de menos, lo habrían llevado al fracaso. C. También hay quienes interpretan las jornadas de diciembre de 2001 como un golpe de Estado a cargo del peronismo bonaerense. No vale la pena detenerse demasiado en esa interpretación. Estas tres explicaciones son usualmente vertidas por quienes de alguna u otra manera se declaran partidarios del espíritu noventista.

D. La explicación que tomó fuerza rápidamente después de la caída de la Convertibilidad y que se sustentó en las altas tasas de crecimiento de la economía a partir de 2003 se centró en el tipo de cambio. El problema de los noventa sería el dólar barato que abarata las importaciones y hace menos competitivas a las exportaciones. Si bien esa explicación tiene mayor solidez que las anteriores, por un lado no puede explicar el crecimiento de la economía durante los primeros años del régimen y por el otro no consigue interpretar el rol del mercado interno y del salario real, que claramente cae cuando se devalúa. La devaluación de 2002 aparece aquí como la solución inmediata.

E. Otra explicación que tomó fuerza rápidamente y que combinó argumentos ortodoxos y heterodoxos fue la del hincapié en la deuda externa: el problema de la Convertibilidad fue que se habilitó un enorme endeudamiento en dólares tanto del Estado como del sector privado. Para la ortodoxia, en el caso del Estado el eje vuelve a estar en el gasto público y en la deuda como el correlato de la falta de ajuste. Para la heterodoxia, la deuda es el correlato del desequilibrio estructural del sector externo. Aquí nuevamente aparece una solución inmediata: en 2005 el canje de la deuda, junto con la decisión del gobierno de no volver a endeudarse, resolvería los problemas.

F. Una última explicación, fuertemente heterodoxa, refiere a la dimensión fiscal: el problema fue el ajuste del gasto, la continua destrucción del poder de compra de parte de la población a partir del desempleo y la precariedad laboral y la potestad de las empresas privadas de fijar precios de servicios públicos luego de la privatización. Más allá de la dimensión externa, el neoliberalismo se asociaría al ajuste y esa sería la principal causa de la crisis de 2001. Esta explicación empezó a tomar fuerza en Argentina durante la última década, cuando los vientos favorables de la devaluación habían quedado atrás y el país ingresaba en nuevas complicaciones.

Desde este humilde lugar, quien suscribe entiende que las explicaciones deben encontrarse en la interacción entre D, E y F: en, como señalamos antes, comprender cómo la Convertibilidad operó como una conversión de la restricción externa en restricción fiscal, donde el endeudamiento externo jugó un rol central. Pero, volviendo al origen de la nota, se trata de entender cómo fue posible que un modelo que a los pocos años ya empezaba a mostrar resultados lastimosos, pudo perdurar toda una década. Esa explicación no está en la economía sino en la política. 


D, E y F -es decir, el tipo de cambio, la deuda y el déficit fiscal- no pueden pensarse sin su correlato político.


En este sentido, el experimento de la Convertibilidad es inescindible de las condiciones de posibilidad de las prerrogativas neoliberales en el país y en el mundo. Y, sin lugar a dudas, la crisis de 2001 es el desenlace de ese tristísimo modelo político, económico y social que, lamentablemente, algunos argentinos añoran.


Sobre el autor: Dr. en Ciencias Sociales (UBA), Investigador CONICET en el CEIL.


REFERENCIAS 

[1]    Un análisis mucho más detallado de este proceso puede encontrarse en la presentación del autor en la Escuela Virtual de Economía Crítica, el 2 de abril de 2020, disponible en el siguiente link: https://www.youtube.com/watch?v=bgeNv4lg36s

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