¿Qué hacemos?

Por: Carlos Leyba

“Una persona libre nunca se pregunta…: ¿qué va a pasar? Las personas libres tienen que preguntarse qué vamos a hacer. Porque pasará lo que dejemos que pase. Nadie vendrá a salvarnos…” Fernando Savater, Guadalajara, El País, 27/11/2017 .


¿Qué va a pasar? Seguramente Usted y yo hemos escuchado, en los últimos días, esa pregunta formulada con la ansiedad de quién desea que ocurra algo que quiere creer que ocurrirá pero que, por la flora y la fauna – los hechos - que observa en derredor, siente una familiaridad que le evoca un tufillo a “esto ya lo vimos” y lo que vimos no era bueno y que lo esperado no va a ocurrir.

Se le atribuye a Einstein la afirmación que  “no pretendamos que las cosas cambien si siempre hacemos lo mismo”. ¿Estamos haciendo lo mismo?

Y si existe el riesgo que se cumpla la norma Einstein ¿qué vamos a hacer para que no pase?

Preguntar “qué va a pasar” encierra al menos la esperanza que, viendo bullir la olla, no nos digan “otra vez sopa”.

Hay algo que debemos reconocer, ante el riesgo de “otra vez sopa” que muchos advertimos, no aparecen a la luz demasiadas propuestas de qué tenemos que hacer para que no sean esa flora y esa fauna las que otra vez nos devoren.

¿Debemos acaso recodar, o es de mal gusto, las veces que flora y fauna nos devoraron?

Advertir es tratar de despertar para que la mente fresca ofrezca las propuestas alternativas.  Si no hay propuestas alternativas ¿Qué va a pasar?

La cuenta corriente del Balance de Pagos amenaza un déficit de 28 mil millones de dólares. La causa es que tenemos un déficit comercial de 6 mil millones de dólares. Exportamos menos e importamos más. Es negocio comprar afuera y no es negocio vender. Simple. Los argentinos atesoran este año 17 mil millones en dólares. Viajan al exterior y dejan allí 9 mil millones de dólares. Y además de lo que importan pocos son bienes de capital. La mayor parte del gasto externo se va a autos, motos, bienes de consumo y combustibles.

Simple, el dólar está barato. Y ese dato nos introduce en un laberinto en el que, tal vez no sea inevitable, en la historia reciente sólo salimos “por arriba” como dijo Leopoldo Marechal.

Salir por arriba significa que de los problemas económicos no salimos por la economía. Hay otras salidas. O que nos salimos. Que nos sacan. Usted que la vivió ya lo sabe. Nada es inevitable. Solo ¿qué hacemos entonces?

Escuchemos a los que, por pertenencia y seniority, los funcionarios PRO deberían atender con ocupación y previa preocupación. Dijo Juan Carlos de Pablo, en La Nación, “En política económica no hay unilateralidades. Es cierto que hoy el tipo de cambio es libre, pero no es menos cierto que … el mercado cambiario está sostenido sobre la base del endeudamiento. No tienen que ir a la facultad para advertir que ustedes tienen un problema” 3/12/2017. O cuando Alfonso Prat Gay le anuncia en el mismo diario y el mismo día, “cuando el Central asume una política como la actual, le complica la vida al Tesoro, porque la economía crece menos, genera dificultades en el comercio exterior…”. Y como si no bastara el Ministro Nicolás Dujovne declaró el 2/12/17 en Clarín,refiriéndose a la inflación, “Es una realidad, nos está costando mas de lo que habíamos estimado cuando se pusieron las metas”.

Síntesis, la inflación se resiste, el BCRA insiste con una medicina iatrogénica (tasa de interés) y empuja la economía a la deuda que, sin transformaciones estructurales, ha sido siempre el camino de la crisis o el laberinto del que solo se sale “por arriba”.

La economía recién está llegando a los niveles de 2015 y la inflación, a pesar de la monumental tasa de interés con que nos flagela el BCRA, sigue en los niveles de 2015.

La economía de Cambiemos, hasta ahora, es la economía del retorno al punto de partida. Si “cambiar” es “retornar”; y la reforma no reforma, sino que siendo permanente no deja “formar”, y por lo tanto “deforma”, estamos frente a un discurso que evoca a Fidel Pintos, es decir las palabras superpuestas alejadas de las cosas.

Con otro tono u otra entonación, el discurso M es tan vacío de contenido como el discurso K. Enorme cantidad de palabras para no significar nada las sufrimos con Cristina; y ahora discursos breves y sin significado, en boca PRO.

Las confesiones de los dos ministros de Hacienda y la observación de quién tal vez los haya guiado en su formación, conforman el cuadro que hace merito a la pregunta ¿qué va a pasar?

Nadie se hace esa pregunta cuando está convencido que las cosas van bien.

La gran herramienta de la política económica, hasta ahora, es la tasa de interés y el gran objetivo aplacar la tasa de inflación.

Pero la herramienta lo que logra es reducir el valor del tipo de cambio por debajo de cualquier nivel de equilibrio, como lo demuestra la enorme tasa de desempleo productivo que tiene la Argentina.

Hoy el empleo privado es menor al de hace dos años y disminuyó el empleo en la industria y lo poco que aumentó lo hizo en los servicios.

¿A quién beneficia el crimen? ¿Crimen? Es decir si el ministro que se fue señala que la política económica es equivocada, y es un problema de concepción del sentido de los instrumentos; si el ministro que está, considera que hasta aquí la eficiencia del instrumento es negativa en el sentido que afecta mucho y consigue poco; y si además los observadores amigos recomiendan el retorno a la facultad con afanes instructivos, se están acumulando argumentos para decir que hay una “acción indebida o reprobable” o bien que hay una “negligencia o acción que agravia el bienestar público o la moral o los intereses del Estado”, claro que para ser formalmente un crimen la acción debería estar legalmente prohibida. Y no lo está. Pero moralmente, desde la ética del bien común, el empecinamiento en el error “está prohibido”.

Detrás de esta persistencia en reiterar las mismas medicinas iatrogénicas, que enferman más que lo que curan, está la ideología dominante desde los tiempos del Consenso de Washington. Nadie lo reivindica.

Pero en las palancas del poder, internacional, nacional, económico, está presente y, a pesar de los reiterados fracasos con distintos nombres, se intenta avanzar por el mismo camino. Lo notable es que nadie lo reivindica.

Es como un pelotón que avanza con el argumento, bien que compartido por casi todos, de terminar con la absurda política del kirchnerismo pero que, en rigor, viene con unos inyectables que aspiran a poner en la economía sobre la base de la malversación de las palabras: por ejemplo, donde dicen “competitividad” en realidad procuran desaparición forzada de actividades desprotegidas.

Pero ¿quiénes pueden ser los beneficiarios de una política que no logran generar inversiones productivas, que no atiende al incremento de las exportaciones, que no promueve con actividades productivas la integración territorial?

¿A quién beneficio el Consenso de Washington y la ideología implícita antes de ahora?

Todos los sectores de bienes no transables fueron los ganadores de esas políticas.

Todos los sectores perdedores fueron los sectores generadores de mucho valor agregado y cadenas largas de producción.

Parcialmente lograron superar el trago los sectores beneficiados por la dotación de factores y de la larga tradición productiva, es decir, aquellos en lo que hemos producido mucho y en lo que hemos logrado alta productividad y a los que la política afecta poco durante un proceso coyuntural.

Los beneficiarios, lobbystas y articuladores de esas políticas son los que antes de ahora hemos llamado “la nueva oligarquía de los concesionarios”.

Este sábado la Editorial del diario La Nación, dice El kirchnerismo no inauguró pero sí llevó a extremos impensables una forma de hacer negocios ilegales a costa del Estado, y muchos los realizó con la complicidad de empresarios privados que también se beneficiaron. Brito encarnó junto a José Luis Manzano, Enrique y Sebastián Eskenazi, Eduardo Eurnekian, Carlos Wagner, Sergio Szpolski, Osvaldo Acosta y Gerardo Luis Ferreyra, entre otros, esa clase de empresarios que son verdaderos cortesanos del poder, especializados en hacer negocios poco o nada transparentes con el Estado”.

El comentario del diario conservador de la Argentina es preciso pero incompleto.

A esos nombres habría que sumar los de los demás concesionarios, por ejemplo, los del petróleo, o de las empresas energéticas incluidas las de la distribución, o las del juego, etc. Donde hay una fortuna súbita hay una concesión. 

Todas esas empresas se formaron o se forman, a partir de concesiones que el Estado otorga, con una barrera protectiva “natural” que nada tiene que ver con la productividad.

Son al igual que los contratos de obra pública, oportunidades extraordinarias. Basta ver el origen de los contratistas y el resultado de sus fortunas, para concluir que la decisión pública ofreció una transferencia generosa.

Es que hay una barrera natural que quiere decir que lo que ellos hacen no es “transable”. No hay competidor externo imaginable.

En esas condiciones esas actividades se transforman en un coto de caza salvo que tengamos un Estado con capacidad de regulación, control y sanción.

Pero para eso se necesita un Estado independiente de las influencias de esos mismos concesionarios. Y eso reclama un carácter moral del Estado difícil de alimentar cuando, muchas veces, los mismos concesionarios o sus funcionarios, se hacen cargo de las tareas de regulación y control.

Un caso notable es el del Ministro de Energía que, además de su anterior vinculación laboral y de pequeño accionista de Shell, confesó en el Parlamento que ignoraba el costo de la producción de gas. Costo que está en el origen del precio del combustible clave de la matriz energética de la Argentina.

A pesar de esa ignorancia confesa, el Ministro no arbitró los medios para conocer el costo de esa explotación y sin embargo, por una parte liberó el precio de los combustibles y por la otra estableció un sendero de precios para las nuevas explotaciones de gas que hacen inviable el uso del gas por la industria; y que naturalmente sólo podría, en caso de tener éxito las inversiones de Vaca Muerta, exportarse el excedente en la medida que se pague un subsidio a la exportación: a 7 dólares el millón de BTU no hay mercado dispuesto a pagarlo.

Es esta una muestra de la cuestión central del modelo económico argentino, derivado de la falta de sostenibilidad del endeudamiento. ¿Cómo?.

El circuito fue, desequilibro externo provocado o no, endeudamiento externo, imposibilidad de continuidad, dación en pago de los bienes públicos (concesiones) para “reducir” la deuda (lo hicieron la Nación y las provincias), formación de un grupo hiper consolidado de concesionarios – con estrategias santas o non santas – que se constituyó en el grupo de mayor influencia en el poder: la renovación y ampliación de concesiones sin licitación.

El último ejemplo es la concesión hasta 2028 de los aeropuertos al Grupo Eurnekian.

Este es un modelo que ha conformado un paradigma de cómo se diseña la política económica.

Fortaleciendo ese proceso el gobierno de Mauricio Macri ha privilegiado la obra pública de infraestructura que, naturalmente, genera una masa gigantesca de contratos y que – a la vez – limita el compromiso de los recursos del Estado a financiar la obra pública, y a esperar de ella que genere las condiciones para el crecimiento de la economía. Ese impulso, que la obra pública puede generar, se agota en la medida que no encuentre como respuesta procesos sustantivos de inversión en actividades reproductivas.

La Argentina tiene un déficit comercial industrial externo del orden de los 35 mil millones de dólares al año. Y en este contexto estructural crecer, sin inversión reproductiva, implica aumentar el déficit, generar el escenario de más deuda externa y caminar por el mismo sendero que nos depositó en otras tantas crisis.

La visión de crecer sin apuntar pari passu a una política de inversión industrial, responde a los concretos intereses de esa suerte de nueva oligarquía que nació usufructuando las prerrogativas del Estado para beneficio privado y que necesita que el Estado privilegie esas opciones.

Ese sector, que influye notablemente en la vida política como lo explica su continuidad a través de distintos ciclos políticos, no le interesa la transformación de la matriz productiva nacional.

Las reformas (impositiva, laboral, previsional) que está encarado el gobierno, más allá de su eficacia (no creo en su eficiencia) futura, son mínimas frente al peso de una política que si no desincentiva, al menos no genera ninguna certidumbre para encarar un proyecto productivo transformador.

La Argentina proyectada de las decisiones públicas es una exportadora primaria, con más minería sin valor agregado y ausencia de control ambiental, y obra pública. No es el modelo de una sociedad de productores, es decir, con excedente del balance comercial que refleja el pleno empleo.

En ese contexto, por ejemplo, hoy la mayor amenaza es el aparentemente decidido avance en la firma del Acuerdo del MERCOSUR con la Unión Europea.

En los términos de la escasa información disponible no cabe duda que se trata de un acuerdo desequilibrado en el que, desde la mirada argentina, ponemos más – abriendo nuestras fronteras industriales – que lo que podemos recibir en materia de facilitación de nuestras exportaciones.

En síntesis el PRO no tiene una política que en la operación de la macro economía de todos los días, o en la reforma encarada, o en la estrategia internacional, se oriente a promover el desarrollo del aparato productivo.

En esas condiciones ¿qué va a pasar si todo sigue como hasta ahora?.

Simple. Si las fuerzas productivas del campo y de la industria, empresarios y trabajadores, no confluyen para sostener un programa de desarrollo integrador, social y económicamente, del país, lo que va a pasar es lo que pasó cada vez que la deuda creció, los argentinos fugaron el excedente y el crédito externo se agotó.

Como dijo Savater “pasará lo que dejemos que pase. Nadie vendrá a salvarnos”

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