Homo algoritmus y sociedad predictiva

Por: Dante Palma

Tomás tu celular para escribir un mensaje y ya internalizaste que cada vez que comiences una palabra de la frase, tu teléfono inteligente se anticipará y la completará para que vos puedas escribir el mensaje más rápido. En la mayoría de los casos, la palabra que el teléfono inteligente completa es la que vos deseabas escribir, pero a veces no tenés esa suerte, pues se trata de una palabra presuntamente ajena a tu vocabulario y a tu costumbre. Cuando se da esta última situación, luchás contra el teléfono para que te permita escribir la palabra que deseabas transmitir. Algunas veces lográs vencerlo, pero no deja de generarte perplejidad que el teléfono te indique que esa palabra es “desconocida”.

Esta breve descripción de los teclados predictivos, uno de los aparentes beneficios del avance de la tecnología, resume buena parte de las características de las sociedades en las que vivimos. Es que, efectivamente, asistimos a la era de lo que daré en llamar “Sociedades predictivas”.

Indagar en este aspecto resulta relevante en tiempos donde se nos dice que la posverdad se ha transformado en la categoría capaz de iluminar la comprensión de fenómenos políticos, electorales y sociales. Porque, si bien esto no es estrictamente falso, pasa por alto que la posverdad es solo un emergente visible, un mero efecto de estas “Sociedades predictivas”  a las que me refiero.

Pero ¿por qué las nuestras son sociedades predictivas? Por dos razones: la primera es la necesidad de velocidad y la segunda es el rechazo a la novedad. Sí, aunque parezcan elementos que incluso podrían contradecirse, hoy los encontramos unidos como dos características descriptivas del fenómeno. Decir que vivimos velozmente y que la vitalidad y la supervivencia del capital está en esa velocidad es algo que no merece mayor desarrollo, pues es harto evidente e inunda nuestras vidas cotidianas, aun en los aspectos más elementales, porque se nos ha instalado que el consumo debe hacerse siempre ahora y que las mercancías deben fluir, en este caso, a través del canal adecuado, que es la web. De hecho, internet hoy es más un emblema de la velocidad que de la interacción con otros o del acceso a información que antes resultaba inalcanzable y, para confirmar ello, nada mejor que indagar en la discusión en torno a la neutralidad de internet, que no es otra cosa que un debate acerca de si se va a permitir que el acceso a algunos sitios o a través de determinados servidores sea más rápido que otro. No es un tema de neutralidad o pluralidad valorativa, o sí, pero en todo caso, solo muestra que el presunto afán de búsqueda de conocimiento en una red abierta sucumbiría frente a un servicio que, aun brindando baja calidad de información, lo haga velozmente. “No tengo religión, tengo ansiedad”, diría la canción.

Pero el segundo aspecto mencionado, el rechazo a la novedad, es menos evidente y naturalmente resistido porque choca con todo el ideario de una modernidad occidental que desde el siglo XVIII e incluso tiempo atrás, revolución científica mediante, nos explicó que entre la razón y la ciencia la humanidad tenía un destino de progreso y acumulación de saber y bienestar. Afirmar que en pleno siglo XXI la sociedad prefiere no saber más sino “protegerse” en lo ya sabido parece una descripción de tiempos oscuros y sociedades cerradas pero a juzgar por el nivel de los debates públicos no parece demasiado alejado de la realidad.

Es más, sobre esta base se comprende mejor la noción de posverdad, porque no se trata de una lisa y llana mentira, sino de un mensaje falso que acaba resultando persuasivo no por su verosimilitud, sino por su capacidad para interpelar sentimientos y confirmar los prejuicios de la audiencia. Y aquí se produce el segundo gran golpe a Occidente, pues la civilización de la racionalidad se postra ante el enjambre cibernético, que no busca comprender sino juzgar rápido según “lo que siente”, y la pretendida autonomía del individuo va cediendo hacia un nuevo tipo de hombre, el Homo algoritmus, una entidad que tiene todo para ser manipulable pues cree ser libre al tiempo que brinda todos sus datos voluntariamente para que la tecnología, en nombre de la eficiencia, lo incluya dentro de una confortable y sesgada burbuja. Se trata de los mismos algoritmos capaces de deducir la palabra que vos querés escribir y, al utilizar la palabra “deducir”, lo hago en un sentido técnico, pues la deducción es algo a lo que se llega conteniendo toda la información de antemano. Para ponerlo en un ejemplo clásico de una clase de lógica, si tenemos un razonamiento que indica en sus premisas que “Todos los hombres son racionales” y que “Juan es hombre”, podremos deducir que “Juan es racional”. Esa deducción la realizamos porque la conclusión de nuestro razonamiento, esto es, que “Juan es racional”, ya estaba incluida en las premisas, solo que de manera implícita. Y esto significa que lo propio de la deducción es que no agrega información novedosa, actúa desde lo que ya sabe, y eso es fabuloso para un sistema cualquiera, pero quizás no lo sea para la vida porque en ella no solo queremos deducir y con ello garantizarnos que si nuestras premisas son verdaderas nuestra conclusión también lo será; queremos, además, agregar información, nutrirnos de la sorpresa, de la incertidumbre, de la curiosidad ante lo desconocido. No se trata de un nuevo decálogo para el trabajador monotributista estebanbullrichiano. Se trata de tener el coraje para confrontar con percepciones e ideas diversas que, incluso, puedan ser capaces de poner en duda nuestros puntos de vista.   

Por todo esto, cada vez que escribimos un mensaje en nuestro celular inteligente y el teclado predice, a través de un algoritmo que deduce, qué palabra queremos escribir, estamos presenciando algo más que ese circunstancial mensaje; estamos viendo, a toda velocidad, en qué tipo de sociedad nos hemos convertido.           

*Dante Palma es profesor de Filosofía y Doctor en Ciencia Política. Sus últimos libros son El gobierno de los cínicos (2016) y Quinto poder (2014). Actualmente conduce No estoy solo en radio del Plata.        

Diarios Argentinos móvil